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domingo, 21 de agosto de 2011
LUIS MARÍN - EL CENSO COMO BATALLA
EL CENSO COMO BATALLA
Luis Marín
Es natural que un régimen militarista asuma cualquier actividad pública como un acto de guerra, exactamente como lo hace con las elecciones, un evento civil por excelencia (los militares no votaban) ahora transferido a batallones, comandos, milicias, combatientes.
Toda acción es una campaña, toda política pública una misión, las metas son objetivos y por supuesto cualquier logro es una victoria. La consigna en vencer, no convencer, no existe consenso sino rendición, del otro lado no hay opositores sino enemigos y su destino es la aniquilación o el incondicional sometimiento.
Asumir la política como guerra tiene sus ventajas, sobre todo porque los demás se ven obligados a actuar de la misma manera o exponerse a una abrumadora minusvalía. Quien entra en conflicto con actitud pacífica y de buena voluntad frente a un contrincante agresivo y malicioso, puede decirse que ya perdió.
De manera que el Censo se asume como una batalla más en una guerra prolongada. Se trata de poner a prueba las fuerzas materiales acumuladas por el régimen, su capacidad de movilización y control, frente a una sociedad civil virtualmente indefensa y desprevenida.
Se pone a prueba también la eficacia de la hegemonía comunicacional hasta ahora alcanzada por el régimen, porque las críticas y reservas al Censo son olímpicamente ignoradas, mientras se hace una propaganda engañosa y manipuladora, como si este fuera un gobierno “normal” y no uno “revolucionario y socialista”.
No se puede ser clasista y racista y al mismo tiempo presentarse como imparcial y objetivo, así como no se puede ser partisano y árbitro al mismo tiempo.
Lo cierto es que este régimen ha estigmatizado y condenado a extensos sectores de la población, independientemente de lo que hagan o dejen de hacer, por lo que ahora no puede aparecer como representante de una comunidad que él mismo se ha empeñado en destruir.
Los socialistas, en general, celebran el “clasismo” como una virtud de conciencia, la entrega al partido como la quinta esencia de la política y ahora han agregado el racismo como una seña de identidad. El Estado, para ellos, es un instrumento de opresión de clase sobre clase y de raza sobre raza. El partido dirige al Estado.
¿Cómo pueden ahora pretender que el Estado es el representante de “todos”, que es objetivo e imparcial, es decir, exactamente lo que (según ellos) no es, ni puede ser?
Esto es parte del antinomismo al que nos han acostumbrado: cuando les conviene son marxista-leninistas; pero al instante se convierten en cristianos espiritualistas, devotos de la virgen y de todos los santos.
Por un lado imponen la hegemonía comunicacional, pero de inmediato se presentan como liberales defensores, por ejemplo, de “la amplia libertad de expresión de que disfrutamos en este país, como nunca antes”.
Repudian la propiedad privada a la que califican como un robo; sin solución de continuidad declaran que aquí existe el más absoluto respeto a la propiedad, eso sí, etiquetada de colectiva, social, estatal, comunal, familiar o cualquier otra que no se sabe porqué ahora no es un robo.
Se impone un poder absoluto y centralizado, aboliendo la división de poderes y la federación; pero a la vez se predica que disfrutamos de las más amplias libertades políticas. ¿Pero no eran esas las falsas libertades del republicanismo burgués?
No, ahora los comunistas son defensores de la libertad de expresión, la propiedad privada y el Estado conciliador.
EL SECRETO ESTADÍSTICO
Una de las burlas más grotescas con que nos ofende la propaganda castrista, es esa de que los ciudadanos pueden entregar todos sus datos con absoluta confianza, porque estarán protegidos por el Secreto Estadístico.
Pero no aclaran que el Secreto Estadístico no opera contra el Estado, sino precisamente contra los ciudadanos: es una defensa que opone el funcionario cuando alguien le solicita algún dato por algún interés particular.
Digamos que usted es un investigador y quiere establecer una correlación entre la incidencia de una enfermedad y el tipo de vivienda (como hizo el sabio Torrealba); pero los cubanos pueden considerar que usted no es políticamente confiable y entonces le oponen el “Secreto Estadístico” para negarle la información.
En un mundo ideal, perfecto, liberal, las estadísticas deberían estar publicadas todas en páginas web o en archivos abiertos, al alcance de cualquiera que pueda requerirlas porque al fin y al cabo se originan en el público y pertenecen al público, no al Estado, a ningún partido político o a la policía.
Pero en un régimen totalitario no hay secreto estadístico ni de ningún tipo para el Estado, que todo lo sabe o puede saber; en cambio, es el ciudadano el que no puede saber nada, para él es que opera el secreto estadístico y, en general, para quien todo se convierte en “Secreto de Estado”, incluso su propia data personal.
Es el mito del Panóptico: el Estad
o que todo lo ve, todo lo controla; pero no es visto ni controlado por nadie.
Bajo observación está el súbdito, el prisionero, el loco.
CATASTRO CASTRISTA CASTRENSE
El objetivo principal es ubicar los inmuebles desocupados, principalmente aquellos dejados por quienes han abandonado el país, no por su importancia numérica, sino porque es lo que más se parece al escenario cubano de los nostálgicos años 60.
Pero, en general, cualquier inmueble desocupado sirve, incluso aquellos que estén parcialmente desocupados porque, digamos, se trate de parejas o personas solas, que tienen cuartos y baños disponibles.
En un país sin Estado de Derecho ni respeto a la Ley, en que no hay autoridades que protejan la vida y los bienes de los ciudadanos, viendo las cosas con crudeza: ¿qué recursos tiene usted para el caso de que un consejo comunal o un comité zamorano cualquiera decida que en su casa caben tres o cuatro familias?
¿Quién y cómo defender los apartamentos que por cualquier causa se encuentren desocupados en un condominio? ¿Cómo defender un apartamento vacacional o un terrenito cualquiera en el interior?
En resumen, ¿qué se puede hacer ante una invasión confiscatoria? Evidentemente, éste es el objetivo del Censo y todo lo demás es camuflaje.
Veamos lo que está a la vista y no se puede negar: se despliega sobre el terreno un gran contingente de empadronadores con unos dispositivos de “captura de datos” que pueden transmitir en tiempo real cuál es la situación en el campo de batalla.
No hay formularios y el mismo empadronador no lleva un registro de los datos que recoge durante sus jornadas, todo se trasmite a un centro (panóptico) controlado por una empresa cubana, que bien podría llamarse “Albet, Ingeniería y Sistemas”.
A través del cable de fibra óptica estos datos podrían estar en La Habana antes que en la sede del INE, en Caracas. Allá se deciden los planes operativos para movilizar a los futuros beneficiarios de los inmuebles, sin tiros fallidos ni ensayos frustrados.
Aquí es inevitable hacer una digresión: ¿Qué significa la expresión “empresa cubana”? ¿Es que en Cuba existe Derecho Mercantil o un Código de Comercio? ¿Se admite el concepto de sociedad con fines de lucro?
Es evidente que son empresas de fachada, subterfugios, que no persiguen ningún fin comercial real, sino que los comunistas castristas utilizan figuras perfectamente capitalistas para lograr sus objetivos políticos.
Asimismo, el régimen utiliza sus consejos comunales, comités contra desalojos y colectivos constituidos por cualquier motivo, para incorporarlos a las actividades del Censo, sea como empadronadores, unidades de apoyo logístico o de choque.
Así que no sería de extrañar que quién le toque la puerta sea un vecino, algún conocido; que quien denuncie los inmuebles desocupados o parcialmente ocupados sean los mismos interesados en robárselos, algún colaboracionista, los conserjes, servicios domésticos, vigilantes o trabajadores eventuales.
El sistema de la desconfianza general e institucionalizada es caro al totalitarismo, porque es lo que permite atomizar la sociedad y dejar al individuo solo, aislado, indefenso, frente al Estado.
Es el ambiente de la “guerra de todos contra todos” que los teóricos políticos coinciden en considerar como la muerte de la sociedad civil o el prolegómeno de la guerra civil.
El corolario de concebir la vida como un estado de guerra permanente, es que la guerra se convierte en el estado permanente de la vida.
Es volver a la jungla de donde salimos.
Luis Marín
21 de agosto del 2011
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Luis Marín
jueves, 11 de agosto de 2011
LUIS MARÍN - ILEGALIDADES DEL CENSO
La elaboración del Censo Nacional de Población y Vivienda será competencia del Instituto Nacional de Estadísticas y su aprobación corresponde a la Asamblea Nacional, dice la Ley de la Función Pública de Estadística, en su artículo 54, numeral 5; mal escrito, por cierto, porque en el encabezamiento ya decía: “Corresponde al Instituto Nacional de Estadística”.
También el Reglamento de la Ley, en su artículo 57, numeral 6, dice que corresponde al Instituto Nacional de Estadísticas: “La elaboración del Censo Nacional de Población y Vivienda, para aprobación de la Asamblea Nacional”.
Ahora bien, ¿cuándo y cómo fue aprobado este Censo por la Asamblea Nacional? Debe destacarse que no se trata de aprobar la realización del proceso, sino del Censo mismo, aquello que elabora el INE, es decir, del instrumento contentivo del Censo.
Es imposible que haya pasado por debajo de la mesa un cuestionario tan largo, enrevesado, mal escrito, pésimamente diseñado, incongruente, con crasos errores metodológicos y de precisión, que lo hacen en muchos aspectos incomprensible, por lo que debió ser revisado pregunta por pregunta, que son excesivas, en total 82, si se incluye el encabezamiento.
Así pues, no existe nada parecido a una “Ley del Censo de Población y Vivienda”, aprobada por la Asamblea Nacional, que nos permita responder algunas de las preguntas más frecuentes de los ciudadanos que quisieran saber cuáles son sus derechos y hasta dónde llegan sus obligaciones frente a actividades como ésta que lucen, por decir lo menos, arbitrarias e invasivas y que indiscutiblemente ponen en riesgo sus vidas y bienes.
Sin embargo, un Principio General o, para algunos, de Derecho Natural, establece que nadie puede ser obligado a prestar declaración contra sí mismo, protección que se ha extendido a cónyuges, hijos, padres e incluso amigos, asociados y dependientes.
Así como el hogar y todo recinto privado es inviolable, no sólo la Constitución, la ley estadística y demás leyes, sino la moral, buenas costumbres y el sentido común nos indican que no puede existir obligación de revelar aquello que atiende a nuestra vida privada, intimidad o que solamente a nosotros nos concierne.
Por ejemplo, más allá de saber cuántas personas tiene una familia o cuántos cuartos y baños una casa, ¿porqué esa insistencia en averiguar cuántas personas efectivamente ocupan los cuartos? ¿Cuántas personas realmente viven con usted? Si aportan para los gastos o, ¿qué estaba haciendo usted la semana pasada para ganar dinero y cuánto ganó?
Aquí hay un problema de consistencia estadística. Cada pregunta debería estar enlazada con una finalidad, cuyo extremo es el diseño de una política pública. Preguntas que no cumplan con este requisito de consistencia, son inadmisibles.
LEY DE REFORMA URBANA
Por principio, todo lo que diga este régimen es mentira y lo que haga es el camuflaje de algo que se oculta detrás del propósito manifiesto, que siempre se presenta como plausible. Pero que la verdad de un propósito no se le pueda decir al público, es una prueba de su maldad intrínseca.
¡Vamos a conocernos, para construir el país que queremos! Pero, un momento: el país que quiere el régimen no es ni remotamente el que queremos los ciudadanos. De manera que la propaganda del Censo es deliberadamente falaz.
Hay que tomarse el trabajo de descubrir qué quiere ocultarse detrás de ella, para lo que bastaría con ver lo que pasó en el modelo que se está siguiendo, por ejemplo, con la Ley de Reforma Urbana en Cuba.
Esta ley, si puede llamarse así, del 14 de octubre de 1960, establecía en su artículo 8 que todo propietario debía declarar, bajo juramento, los inmuebles de que sea propietario y por los que reciba alguna renta.
Con la misma fueron despojados de sus bienes y reducidos a la condición de pensionados por el Estado. Pero no se entregaron los inmuebles en propiedad a los arrendatarios sino que se les dio en usufructo, dejando sentado que “no podrán ser permutados, cedidos, vendidos, ni traspasados en forma alguna”, ni tampoco hipotecados.
Sería arduo detallar los abusos y tropelías de esta “ley”, pero baste reseñar el contenido del artículo 25 que dice: “La propiedad de los inmuebles destinados a las llamadas ciudadelas, casas de vecindad, cuarterías o solares, se transferirá al Estado, sin que los propietarios reciban cantidad alguna en concepto de precio”.
La finalidad declarada era resolver el grave problema de los barrios indigentes “empleando a este fin los productos de esta ley”. Se entiende, los inmuebles arrebatados a sus dueños, las irrisorias rentas recaudadas de los arrendatarios y las hipotecas trastocadas poniendo al Estado como beneficiario.
La historia, dicen los marxistas, ocurre una vez como tragedia y otra como comedia. El corolario es que quienes ignoren la historia están condenados a repetirla.
DE RAZA CÓSMICA A RAZA CÓMICA
José Vasconcelos, en los locos años 20, acuñó el mito de la “Quinta Raza”, en el entendido de que las otras eran: blanca, negra, india y amarilla. Aquella debería ser la síntesis de todas éstas y alcanzar la supremacía universal. Una suerte de arrogante racismo amerindio, quizás como contrapartida al mito entonces ascendente de la supremacía aria.
El racismo amerindio, nunca bien sepultado, ha vuelto a la agenda política en la ideología nacionalsocialista de militares golpistas sobre todo en Venezuela y Perú y ha pretendido alcanzar rango jurídico con la nueva constitución de Bolivia, que reivindica una nación indígena, autóctona, enfrentada a la blanca colonial, exógena.
El Censo 2011 introduce el tema de la raza pero, como le es propio a su naturaleza, en forma de charada. Se pregunta: “Según sus rasgos físicos, ascendencia familiar, cultura y tradiciones se considera: Negro, Afrodescendiente, Moreno, Blanco, Otra ¿Cuál?”
Lo primero que llama la atención es porqué no aparecen allí los indígenas. A todo lo largo del cuestionario se había puesto énfasis en las poblaciones indígenas; pero ¿no es “etnia” sinónimo de “raza”? ¿Dónde está ahora la quinta raza, el eje de la ideología amerindia?
En cambio los negros aparecen duplicados, porque el lenguaje oficial ha consagrado la expresión “afrodescendiente” como la forma políticamente correcta de decir “negro”. Incluso está desarrollando movimientos “afroamericanos” y hasta “afrovenezolanos”, con el mismo sentido. ¿Cómo debe, pues, responderse correctamente el cuestionario?
En verdad, si bien se ha impuesto que todo negro sea afrodescendiente, lo contrario es obviamente falso, pues no todo afrodescendiente tiene que ser negro, porque los árabes, afrikáners y hasta la Reina de Mónaco lo son, sin ser negros. De manera que el lenguaje oficial es equívoco y la pregunta del Censo, desconcertante.
Finalmente, se agrega una nueva raza “moreno”, que no habíamos visto en los libros oficiales de historia de Venezuela que hablan de tres raíces, blancos, negros e indios y luego sus combinaciones, mestizos, mulatos y zambos. Pero, ¿moreno? ¿Qué raza es esa? Puede ser cualquier de los anteriores, pero no una distinta, por tanto, no sirve para una clasificación, según la cual, todo elemento debe caer en alguna categoría, pero sólo en una.
Un moreno es alguien que tanto como negro, negro, no es; pero no puede pasar por blanco y por alguna razón inexplicable tampoco puede caer en la categoría “otra”. Metodologías estadísticas que quizás encuentren soluciones creativas en algún manual del INE.
Sería, otra vez, demasiado arduo pasearse por todas las preguntas del Censo, que además es tarea pendiente de la Asamblea Nacional; pero dejemos en el aire una pregunta sobre los vehículos de la familia, que no se sabe qué hace en un “Censo de Población y Vivienda”. Una de las opciones de respuesta es: “Voladora”. ¿Alguien podrá explicarnos a los venezolanos qué es una “Voladora”?
Para esto habría que vivir muchos años en Cuba o mascar mucha coca.
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