Mostrando entradas con la etiqueta Juan Guerrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Guerrero. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de octubre de 2014

EL PATRIOTA COOPERANTE

Juan Guerrero

EL PATRIOTA COOPERANTE
Juan Guerrero

No existe algo que sea más degradante a la condición humana que un individuo traicionando, delatando a un semejante. Esta oprobiosa actitud se vivió de manera dantesca en los años de la Europa dominada por el nacionalsocialismo o como generalmente se le ha conocido; nazismo.

Fueron tiempos terribles, momentos cuando no era posible confiar en nadie ni mucho menos en quienes se acercaron al poder para protegerse, adulando a sus jefes. A esos individuos se les llamó de varias maneras: colaboracionistas, comisarios culturales o delatores.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial la gran mayoría de ellos, intelectuales, artistas, académicos o simples políticos, comerciantes y parroquianos, fueron tomados por las turbas, linchados y colgados entre los escombros que dejó semejante torbellino bélico.

Esa práctica del individuo transformado en agente colaboracionista de un régimen fue adecuándose para poder sobrevivir con los nuevos tiempos.
Los regímenes totalitarios, autoritarios y militaristas, tanto de derecha como de izquierda, han sabido valerse de estos tristes y grises personajes quienes, una vez utilizados, son desechados como podredumbre humana que no tiene más valor para su uso.

Los más osados han sabido encontrar protección de padrinos, quienes les ubican casi siempre fuera, lejos del país de origen mientras el resto es sentenciado, generalmente asesinado con tiros de gracia.

A esta gente nadie le tiene confianza ni menos respeto, pues han vendido su honor por dinero, por un cargo público o por favores financieros.

Causalmente el laureado Premio Nobel de Literatura 2014, Patrick Modiano, aborda en su obra literaria la temática de los colaboracionistas en la Francia ocupada por los ejércitos hitlerianos.

En Venezuela siempre hemos tenido estos seres grises, anodinos y vendidos al mejor postor, sea por dinero, por cobardía o por resentimiento, bien social o político.

El caso más emblemático fue el del marqués del Toro, quien cambiaba de bando según la intensidad del conflicto independentista. Unas veces se las jugó con los patriotas mientras otras, con carta de súplica ante el mismísimo rey pidiendo clemencia, se pasaba al bando realista. Terminó enterrado en el panteón nacional.

Ahora en la Venezuela del siglo XXI al régimen de turno le ha dado por denominar a estos agentes del deshonor humano “patriotas cooperantes” con pago, bono o gratificación incluida.

Varios de ellos desde hace algún tiempo, intelectuales y artistas, se han ganado un cargo en el servicio exterior mientras otros, fablistanes y llamados académicos, medran alrededor del régimen esperando su mendrugo a cambio de información.

Quienes conocen a estos individuos les dicen popularmente “sapos” y también “chupamedias”.

Triste terminar señalado por los ciudadanos decentes de un país de manera tan deleznable. Despreciado. Es humillante para un hijo, un nieto, saber que su padre, su abuelo se le conoce de esa manera porque una vez inclinó la cabeza y fue débil ante el Poder.

@camilodeasis


Mensaje enviado a Juan Guerrero
Desde El Universal

Estimado Sr. Juan Guerrero,
Lamento mucho informarle que su artículo “El patriota cooperante” no fue aprobado por el Consejo Consultivo para su publicación.

No pudimos avisarle con antelación para sustituirlo por razones estrictamente operativas.

Quedamos pendientes de su próximo artículo de 4.900 para el martes 21-10 en versión digital.

De Usted muy atentamente,

Miguel Maita
El Universal

La respuesta de Juan Guerrero

Apreciado Miguel Maita;

Dejémonos de eufemismos. ¡Al pan, pan, y al vino, vino! El mencionado por ti, Consejo Consultivo, que desaprobó mi artículo El Patriota Cooperante, lo hizo imponiendo su visión ideológico-política que obviamente se traduce en lo que comúnmente se llama “censura”. No hay otra manera de entenderlo, visto el momento histórico por el que atraviesa el periodismo venezolano y particularmente, los articulistas de opinión. Desde 1985 envío mis artículos a diferentes medios informativos, y desde hace cerca de dos años, a El Universal.

Agradezco la deferencia que tuviste al invitarme a publicar mis escritos en un diario que fue paradigma del periodismo plural, libre y honorable.

No puedo permanecer entre quienes vetan, censuran y coartan el ejercicio de las ideas.

Cordialmente,
Juan Guerrero

Leer mas!

viernes, 8 de agosto de 2014

JUAN GUERRERO - CRISIS


 
CRISIS

Juan Guerrero

De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 
Autor: Juan Guerrero



De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 
Autor: Juan Guerrero
- See more at: http://m.primicia.com.ve/opinion/crisis.html#sthash.Z9wDewSo.AP2Cc9WS.dpuf
De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 
Autor: Juan Guerrero
- See more at: http://m.primicia.com.ve/opinion/crisis.html#sthash.Z9wDewSo.AP2Cc9WS.dpufDe mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.


Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 

Autor: Juan Guerrero
- See more at: http://m.primicia.com.ve/opinion/crisis.html#sthash.Z9wDewSo.AP2Cc9WS.dpufDe mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.


Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 

Autor: Juan Guerrero
- See more at: http://m.primicia.com.ve/opinion/crisis.html#sthash.Z9wDewSo.AP2Cc9WS.dpuf


CRISIS
Juan Guerrero

De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 
Autor: Juan Guerrero





De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 

Autor: Juan Guerrero
- See more at: http://m.primicia.com.ve/opinion/crisis.html#sthash.Z9wDewSo.AP2Cc9WS.dpuf


CRISIS
Juan Guerrero

De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 
Autor: Juan Guerrero





De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 

Autor: Juan Guerrero
- See more at: http://m.primicia.com.ve/opinion/crisis.html#sthash.Z9wDewSo.AP2Cc9WS.dpuf


CRISIS
Juan Guerrero

De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 
Autor: Juan Guerrero





De mis años en la Siderúrgica del Orinoco aprendí que acrisolar el acero es un proceso altamente complejo donde se mezclan una serie de materias primas para elaborar el noble metal.

Y antes de producir el acero en los hornos con capacidad para más de 200 toneladas, salen los semiproductos menos puros, como el arrabio y la escoria.

Similarmente en las sociedades ocurren procesos de depuración entre sus miembros, en ciertos períodos, donde las crisis aparecen como resultado de problemáticas que inicialmente pudieran verse como situaciones riesgosas para la seguridad individual y colectiva.

En Venezuela la crisis que experimentamos no es nueva ni tampoco se debe a situaciones materiales ni financieras. Es, básicamente, de carácter inmaterial. Está referida a la visión de país, al espíritu de grandeza en sus habitantes, y más profundamente, a los principios y valores que viven, habitan y moran (moral) en cada uno de los venezolanos.

Lo que vemos, tocamos y padecemos en lo material es consecuencia, no origen, de esto que decimos. 

Prueba de ello es vivir, convivir y compartir en un espacio geográfico inmensamente rico en sus recursos materiales, pero a la vez, inmensamente pobre en la formación espiritual, pedagógica, educativa y moral de sus habitantes.

La pobreza en Venezuela no solo es de origen material sino fundamentalmente de orden moral y de un débil, obsoleto, y ahora improvisado y peligroso sistema educativo (de Educación Básica a Postgrado) que bordea los límites de lo marginal. 

Por ello hemos afirmado en varias oportunidades que la marginalidad mental es la más brutal y dramática experiencia que estamos experimentando los venezolanos. Ella está instalada en todos los escenarios donde nos desempeñamos como un peligro, un riesgo de atraso e involución.

Quien actúe desde la visión político-partidista afirmando, desde su sesgada parcela mental, que la culpa es de quien gobierna, o desde el régimen que son los apátridas que están en la acera del frente, lo que hacen es proyectar sus incapacidades en el otro-diferente.

Si volvemos los ojos y abordamos la crisis desde la perspectiva económica, la danza de billones en moneda extranjera nos impide pronunciar los interminables y complejos números del economicismo que dan cuenta del despilfarro, extravío y corrupción, donde no existen culpables ni menos delito.

No parece existir un día en la Venezuela actual donde encontremos reposo a nuestra alma sobresaltada por tanto acontecimiento insólito que ha opacado nuestra capacidad para el asombro.

Pero cuando en las sociedades la capacidad de asombro es opacada por la realidad advienen ciclos mucho más duros, terribles y dramáticos, marcados por períodos de estancamiento que traen pobreza material, miseria y más brutalidad en las relaciones, bien entre los ciudadanos, bien entre el Estado, a través de sus instituciones, contra los ciudadanos.

Y esto es lo que parece estar sucediendo en la Venezuela de inicios del siglo XXI. No es, de ninguna manera, por un cambio ideológico ni político (-porque ello no ha sucedido) ni tampoco por empobrecimiento o desaparición de las fuentes primarias en los recursos materiales. 

La crisis venezolana está ocurriendo por la incapacidad del Estado, en sus 5 últimos gobiernos, al descuidar la estructura educativa, permitiendo la improvisación de modelos educativos foráneos, que debilitaron la base formativa en sus ciudadanos. Junto a ello, la dirigencia política, económica y militar, ha modelado durante años una imagen ciudadana proyectada hacia la vida fácil, despreocupada, pícara, guabinosa, donde no es necesario el sacrificio ni el esfuerzo en el estudio ni trabajo para lograr la estabilidad material ni mucho menos, el cultivo del ser para fortalecer los principios y valores que son la base de un ciudadano espiritualmente sano.

Por ello afirmamos que el venezolano actual es un individuo socialmente enfermo, y moral, intelectual y profesionalmente frágil. 

La crisis inevitablemente sigue avanzando y en su proceso, va acrisolando todo aquello que encuentra a su paso. Nadie escapa a ello. Todos, absolutamente todos estamos en este “alto horno” donde somos protagonistas, bien en primera fila o en las gradas. Por acción o por omisión, somos responsables de nuestro destino.

La responsabilidad no es solo del Estado a través de sus instituciones e individuos que están al frente de ellas. Cada venezolano tiene en su desempeño individual y colectivo una co-responsabilidad constitucional en el destino de esto que llamamos Venezuela. 

No seamos arrabio ni escoria social. Atrevámonos a enfrentar y salir de esta crisis como noble acero que en su luz ilumine nuestra grandeza de ser venezolanos.

camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis 

Autor: Juan Guerrero
- See more at: http://m.primicia.com.ve/opinion/crisis.html#sthash.Z9wDewSo.AP2Cc9WS.dpuf
Leer mas!