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martes, 9 de octubre de 2012

FELIPE BRICEÑO - 8 DE OCTUBRE DEL 2012





Obviar la posibilidad de que Chávez gane las elecciones presidenciales del 7 de octubre mediante fraude (en el peor de los casos), o que desconozca el resultado (en el mejor de los casos) es tan ingenuo como imaginar que el atracador que tenemos en casa, después de una breve conversación amistosa, deponga el arma, restituya el botín y tienda los brazos para que le amarremos las muñecas, mientras llega la policía... Narco-generales, Inteligencia Cubana, Milicias bolivarianas, Guerrilleros de las FARC, General Rangel Silva, Mártires del Islam, Tibisay Lucena, Cilia Flores, Mario Silva, todos felicitando efusivamente a Henrique Capriles Radonski, nuevo presidente de la República. ¡Qué cuadro encantador!

En Venezuela más que en dictadura estamos en guerra. Ya lo decía Chávez explícitamente y sin ambages (ABM, Habla el Comandante, 1998): «La dicotomía entre vía pacífica y armada o violenta es falsa. Para mí todo esto es una guerra». Salvo el desconocimiento del régimen chavista que nos ha sumido en la desgracia y que contraría abiertamente los valores, principios y garantías democráticas y menoscaba los derechos humanos (Art. 350), actualmente las vías alternativas (léase electorales, dialogantes o negociantes) para neutralizarlo son aleatorias.

No obstante todos tenemos la obligación de sacudirnos la opresión (Art. 333) y el deber de utilizar todos los mecanismos (no necesariamente electorales, dialogantes o negociantes) para restablecer el estado de derecho. Además el Artículo 25 dice que todo acto dictado en el ejercicio del poder público que viole o menoscabe los derechos garantizados por la constitución y la ley es nulo.

Se espera entonces que la mesa de la unidad, el grupo la colina, el comando Venezuela y, por supuesto, el candidato Capriles tengan "in pectore" un plan de contingencia para defender el voto y que hayan estudiado (ya que la constitución no lo hace) cómo se aplicarían, en caso de necesidad, los antes mencionados artículos de la urgencia. Ojalá se sientan presionados por el descalabro de la sociedad y de la economía, por el sufrimiento de los presos políticos, por la memoria de los hermanitos Fadoull, de los estudiantes ajusticiados en el Barrio Kennedy, de Don Franklin Brito y de los doscientos mil asesinados que han ensangrentado el suelo de la patria en estos catorce años de anarquía.

No es hora de mentiritas blancas, ni de fraudes piadosos perpetrados por los propios dirigentes de la oposición. Se ha encontrado un excelente candidato y sería muy lastimoso que sus alas se derritieran apenas comenzado el vuelo por la impericia, negligencia y cobardía de sus consejeros. Llegó la hora de mandar para el banquillo de los acusados y para el castigo a esa caterva de maleantes que han tomado por asalto a Venezuela. En este sentido concluye el antes citado artículo 25 de la Constitución: «Y los funcionarios públicos que ordenen [el menoscabo de los derechos constitucionales] o [lo] ejecuten incurren en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos, sin que les sirvan de excusas órdenes superiores».

08 DE OCTUBRE DEL 2012.


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martes, 22 de septiembre de 2009

FELIPE BRICEÑO - MITOCONDRIA, MITOCONDRIA ¿QUIÉN DIJO MITOCONDRIA?


En su mensaje anual a la nación, en diciembre 2008, Chávez se felicitaba por el éxito rotundo de la Misión Barrio Adentro que en cinco años de existencia había logrado, gracias a la colaboración permanente y desinteresada de más de 13.000 médicos cubanos, el desafío de dar a la casi totalidad del pueblo venezolano un servicio sanitario de calidad. Ciento treinta hospitales y centros asistenciales se estaban recuperando –decía él- rápida y satisfactoriamente.

Inmediatamente, en febrero 2009, la Sociedad Bolivariana de Médicos Integrales, precisaba que más del 30 % de los módulos de Barrio Adentro estaban cerrados y que solamente estaban trabajando 8.000 médicos cubanos. La cobertura real estaría muy por debajo de la indicada por el mandatario.

Entre tanto y a pesar de la mordaza mediática el país ha contemplado atónito las parturientas ir de hospital en hospital sin encontrar un servicio obstétrico-pediátrico donde puedan dar a luz, para terminar incluso, pariendo en la calle. Una muchacha pudo acercarse durante un “Aló Presidente” a Chávez y pedirle ayuda para su hermana que se estaba desangrando en su casa, víctima de una placenta previa. No había sido ingresada, ni siquiera en el hospital militar, porque no había anestésia en ninguno de esos centros asistenciales.

Ayer, 19 de septiembre 2009, en un Consejo de Ministros Ampliado que se realizó en San Juan de los Morros, Chávez declaró en emergencia el Sistema de Salud en Venezuela. Sin referirse a los hospitales y centros asistenciales en ruina, afirmó que hay, por lo menos, 2.000 módulos de Barrio Adentro sin médico y que para paliar tan lamentable situación traerá de Cuba el mes de octubre próximo 1.111 médicos cubanos más, 500 estudiantes cubanos de medicina y 213 médicos venezolanos graduados en Cuba. Recomendó a sus ministros y gobernadores que “para que todo salga a la perfección deben mantener contacto directo y permanente con Roberto López Hernández, quien ha sido designado por Fidel Castro como encargado de las misiones cubanas en Venezuela”.

En la época del ditirámbico discurso de Chávez sobre la Misión Barrio Adentro, enero 2009, me dejé engañar, casi voluntariamente, por una amiga y colega que, seguramente harta de oirme decir que “tal vez exageraban los que denigraban de la Misión Barrio Adentro”, concibió una astuta estratagema para que viera con mis propios ojos la realidad. De diligencias en un barrio popular de una ciudad importante del país, de repente me propuso: “¿Quieres que te lleve a conocer un CDI (Centro de Diagnóstico Integral)? Está a una cuadra.” “Bueno –le dije- pero con la condición de hacer un recorrido rápido y no enfrascarnos en discusiones bizantinas y peligrosas con nadie”. “Como tú quieras” concluyó.

Desde un impecable estacionamiento, mientras caminábamos, me mostró las instalaciones recién construidas en cuyos módulos se leía sucesivamente: urgencias, hospitalización y rehabilitación. Hablandito y hablandito me llevó hasta la entrada y nos encontramos en la recepción -sin recepcionista en ese momento- donde un número considerable de pacientes, personal sanitario y de mantenimiento deambulaba tranquilamente. Automáticamente nos acercamos al mostrador de la recepción, seguramente atraidos por el colorido del muro que servía de fondo. Apoyado en el mostrador, caí como en un estado crepuscular al contemplar estupefacto los retratos de Fidel Castro, Chávez y el Ché Guevara, las banderas de Cuba y Venezuela y la reseña de la revolución chavista en castellano, francés e inglés.

Ensimismado y perplejo oí como entre sueños la voz de la colega que, alejándose hacia un pasillo lateral, preguntaba con voz decidida y fuerte: “¿Quién es el último de la cola?” “Yo”, respondió una voz de anciana. El tiempo de percatarme de lo que sucedía ya la colega me había agarrado por el brazo y guiándome hacia ese pasillo decía reciamente, como para que los muchos presentes oyeran y yo no pudiera escaparme: “Aquí es la cola, ponte para que te vea el médico”. Nos sentamos frente a un consultorio y entre muchos reproches “sottovoce” le dije “Y ahora ¿qué digo, qué dirección doy?” “Yo conozco el sector- me respondió- vives en la calle Tal, número Cual y en cuanto a la dolencia, ya tú verás!”

Entraban y salían rapidamente los pacientes del consultorio mientras yo preparaba, entre disgusto y aprensión, un caso clínico creíble que no me dejara mal parado delante del médico que me iba a examinar… Se abrió la puerta y una enfermera dijo: “el siguiente”. Me hizo pasar y discretamente se retiró al fondo. Inmediatamente me encontré parado al lado de un pequeño escritorio detrás del cual estaba sentada una muchacha de no más de 25 años con bata corta verde. Con acento cubano me espetó: “¿Y a ti, qué es lo que te pasa?” “¿Me puedo sentar?” le respondí yo; ella con un signo de la mano me mostró una silla que estaba al lado del escritorio. “Nombre, edad y dirección” –prosiguió- y anotó mis respuestas al final de una lista que ya llenaba la mitad de una hoja. Levantó la cabeza e impaciente me lanzó: “Te pregunté qué es lo que te pasa?”

“Lo que me pasa, –proseguí con más aplomo-, lo que me pasa es que yo soy hipertenso y a pesar del tratamiento cotidiano prescrito por el cardiologo, hace una semana que tengo un dolor de cabeza que no se calma con analgésicos comunes y desde ayer tengo palpitaciones y mareos” “Lo que a ti te pasa –afirmó la doctora- es que tú has comido mucho y dormido poco”. Buscando el estetoscopio debajo del escritorio ya no escuchó mi alegato: “No, Doctora, es lo contrario: he comido poco y dormido mucho.”

Encima de la manga de la camisa trató con mucha dificultad, por supuesto, de colocarme el mango del tensiómetro. “Si quiere –le propuse- me quito la camisa para que le sea más facil”. Hecho esto, tomó la tensión y me preguntó: “¿Cuál es tu tensión arterial habitual?” “¿Con tratamiento o sin tratamiento?” interrogué. “Con tratamiento” precisó. “140/90” dije yo y ella concluyó: “Eso tienes”. Sin examinarme agarró un papelito y escribió el nombre de dos productos diferentes (uno la dipirona y otro desconocido) y me dijo: “Pasa al frente que te vamos a inyectar” y tornándose hacia la enfermera que contemplaba la escena desde el fondo del consultorio le dijo: “Dale una pastillas de Dramamine” (que se usa para los vértigos posicionales y de movimiento) y tornándose hacia mi me dijo: “Te tomas una cada vez que tengas mareos y palpitaciones”.

Este hecho cuya narración parece interminable sucedió en no más de diez minutos. Del consultorio salí asustado y, pretextando ir de urgencia al baño para escaparme de la inyección, llegué precipitafamente al estacionamiento donde me esperaba la colega con una expresión que oscilaba entre la travesura y el desafío. Conversamos sobre lo sucedido y concluimos (ella es Catedrática en la Facultad de Medicina) que del caso clinico que le presenté a la doctora cubana, un bachiller de quinto año de medicina hubiese intuido la instalación de un accidente cerebro-vascular o de un infarto al miocardio; hubiése practicado un examen clínico completo; hubiese preguntado qué anti-hipertensor tomaba; hubiese observado, por lo menos, una hora, y habría practicado, por supuesto, un electrocardiograma. Nada de esto sucedió y “respecto al tratamiento, por insensato, inadaptado y peligroso –le dije a la colega- pienso, sin ser paranóico, que esa muchacha me quería matar”.

Días después de estas peripecias me topé con un “médico integral” formador e integrante de la Misión Barrio Adentro y aproveché para confiarle mi desazón, estupor e incredulidad en cuanto a la posibilidad de poderse realizar estudios de medicina en un lapso no mayor de cuatro años. “Muy simple –me respondió- las materias básicas se sobrevuelan y se hace hincapié en la práxis, que es lo importante para llevarle salud rapidamente al mayor número de compatriotas”. “Pero... y la bioquímica, y la anatomía, y la fisiólogía... y la histología, sí, sí, la histología: la célula, los genes y los procesos mitocondriales tan importantes en la medicina del futuro?” “¿La mitocondia? –me respondió- a esa nadie la ha visto.”

Cuando los chavistas, los inefables y babosos ni-ni, los judas de la oposición o los integrantes de la “izquierda caviar” europea, se encuentran cortos de argumentos para justificar las tropelías totalitarias de Chávez esgrimen indefectiblemente el argumento de las Misiones, sobre todo de la Misión Barrio Adentro que, según ellos y a despecho de la realidad, le estarían dando al pueblo venezolano salud, educación y bienestar, como nadie se lo habría dado antes. Obvian, sin pudor alguno y en función de sus intereses, el verdadero objetivo de esas misiones: adoctrinar, excluir, esclavizar; hacer de Venezuela un país de perseguidos y perseguidores (para Chávez) y un país de ocupantes y ocupados (para Fidel Castro).

Y los otros médicos, los médicos venezolanos, ¿qué dicen de esta deplorable situación? Sin contar con los jovenes galenos que han preferido aventurarse en tierras extranjeras antes de doblar la cerviz ante un médico cubano poco amante de la mitocondria y las excepciones de honestidad y ética que felizmente todavía existen, la mayoría de los médicos en Venezuela está aprovechando en sus clinicas privadas, junto a las compañías de seguros, la ganga de la devastación de del servicio de salud pública y, sobre todo, de la macabra farsa de Barrio Adentro.
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domingo, 20 de septiembre de 2009

FELIPE BRICEÑO - ¡CLAUSURADO EL LIMBO, LA VERGA Y P'AL CARAJO!

Francisco de Quevedo


¡Clausurado el limbo, la verga y p’al carajo! Qué nadie se ofusque, ni los timoratos de la política , ni los puristas del lenguaje y tampoco que nadie piense que la coprolalia del malandro de Sabaneta ha contaminado todos los tinteros del planeta. El linguista Ángel Rosenblat dejó sentada magistralmente la influencia que la terrible travesía del proceloso mar tuvo en el desarrollo del castellano en Venezuela.

Vestigio, entre muchos, de ese vertiginoso viaje es todavía la expresión «Echarse los palos» que se usa como sinónimo o invitación para beber aguardiente. Los pobres viajeros, la mayoría procedentes de tierras adentro de la península ibérica, en las primeras evoluciones de la embarcación ya estaban mareados y no tenían otra salvación que agarrarse de los palos, echarse a los palos, asirse a la verga mayor, para no irse, durante el primer vómito, de cabeza a las profundidades del traicionero monstruo que los esperaba con sus fauces abiertas.

El carajo era la cesta que colocada en lo alto de la verga servía para que un marinero experimentado y con tripas de calidad montara la guardia y avizorara con mayor precisión el horizonte. En esa altura los bamboleos se redoblaban y la borrachera era segura, incluso para avezados marineros. Una órden o una invitación para subir a esas alturas nada halagueñas «del carajo» era frecuentemente sinónimo de castigo y era asumida con desgano en el mejor de los casos, o con rechazo violento en el peor.

Verga, aparte de su acepción naval, también, según el María Moliner, es «el pene del hombre o de las reses» y una vez «seco y retorcido» -el del toro- se convierte en instrumento de castigo, en látigo, para asestar vergazos al hijo desobediente o delincuente y a los criminales de cualquier ralea. Utilizando la palabra verga lo recomienda la Sagrada Escritura en el libro de los Proverbios (XXIX, 19 - XXIII,14 y XIII,15). San Agustín, cuya vida y obra se desarrollan en las postrimerías del Bajo Imperio, primer estado totalitario de tipo moderno, se inspira en estos versículos de la Biblia para escribirle a Bonifacio, Tribuno y luego Conde de África respecto a la conducta que se debía tener con los Donatistas, banda de energúmenos que aterrorizaba el país mediante pillajes, asesinatos e incendios y que habían sido sordos a toda persuación evangélica de dulzura y amor.


¡CLAUSURADO EL LIMBO,
LA VERGA Y P'AL CARAJO!


Felipe Briceño

¡Clausurado el limbo, la verga y p’al carajo! Qué nadie se ofusque, ni los timoratos de la política , ni los puristas del lenguaje y tampoco que nadie piense que la coprolalia del malandro de Sabaneta ha contaminado todos los tinteros del planeta. El linguista Ángel Rosenblat dejó sentada magistralmente la influencia que la terrible travesía del proceloso mar tuvo en el desarrollo del castellano en Venezuela.

Vestigio, entre muchos, de ese vertiginoso viaje es todavía la expresión «Echarse los palos» que se usa como sinónimo o invitación para beber aguardiente. Los pobres viajeros, la mayoría procedentes de tierras adentro de la península ibérica, en las primeras evoluciones de la embarcación ya estaban mareados y no tenían otra salvación que agarrarse de los palos, echarse a los palos, asirse a la verga mayor, para no irse, durante el primer vómito, de cabeza a las profundidades del traicionero monstruo que los esperaba con sus fauces abiertas.

El carajo era la cesta que colocada en lo alto de la verga servía para que un marinero experimentado y con tripas de calidad montara la guardia y avizorara con mayor precisión el horizonte. En esa altura los bamboleos se redoblaban y la borrachera era segura, incluso para avezados marineros. Una órden o una invitación para subir a esas alturas nada halagueñas «del carajo» era frecuentemente sinónimo de castigo y era asumida con desgano en el mejor de los casos, o con rechazo violento en el peor.

Verga, aparte de su acepción naval, también, según el María Moliner, es «el pene del hombre o de las reses» y una vez «seco y retorcido» -el del toro- se convierte en instrumento de castigo, en látigo, para asestar vergazos al hijo desobediente o delincuente y a los criminales de cualquier ralea. Utilizando la palabra verga lo recomienda la Sagrada Escritura en el libro de los Proverbios (XXIX, 19 - XXIII,14 y XIII,15). San Agustín, cuya vida y obra se desarrollan en las postrimerías del Bajo Imperio, primer estado totalitario de tipo moderno, se inspira en estos versículos de la Biblia para escribirle a Bonifacio, Tribuno y luego Conde de África respecto a la conducta que se debía tener con los Donatistas, banda de energúmenos que aterrorizaba el país mediante pillajes, asesinatos e incendios y que habían sido sordos a toda persuación evangélica de dulzura y amor.

Es verdad –dice el doctor de las Confesiones, de la Gracia, de la Reparación y de la Ciudad de Dios- que es mejor corregir mediante la caridad, pero cuando «el mal servidor, incluso comprendiendo perfectamente las palabras que se le dicen, no le da la gana de corregirse» hay que utilizar los «golpes» para enderezarlo. «Se utilizarán los vergajos, pero se salvará su alma de la muerte».

Si a algún espíritu moderno, timorato y gallináceo le dan sudores fríos estos propósitos del «Águila de Hipona» se le puede informar que el peso de la ley, el rigor de la verga, después del fracaso de la dialéctica democrática, dió al traste y mandó p’al carajo a los bandidos que asolaban a esas poblaciones. En última instancia no es un desplante, ni un exabrupto ante la barbarie de los tiempos que corren, traspolar la problemática y las soluciones agustinianas del siglo V a la Venezuela caótica del siglo XXI.

Entre las «poco felices» intervenciones del papa Benedicto XVI (Indelicadeza contra el Islam en la Universidad de Ratisbona, polémica sobre el preservativo en su viaje a África, supresión de la excomunión de los integristas-negacionistas del Holocausto, condecoración con la Órden Pio Nono al embajador de Chávez ante la Santa Sede) aparece una que ilumina, casi como un chiste, las sombras del conjunto: la abolición del limbo. El limbo era aquél lugar inventado por teólogos ociosos y perversos (para fregarle la vida a infinidad de madres) donde iban las almas de los niños que morían sin bautismo antes de tener uso de razón. Era un lugar donde ni fu ni fa, ni Dios ni el diablo, ni goce, ni dolor, ni-ni, ni-ni. Como allí habían esperado como zoquetes los santos y los profetas del Antiguo Testamento la llegada del Redentor, la Iglesia tendrá que encontrarles retrospectivamente nuevo albergue. En todo caso «estar en el limbo» significa, «estar distraido o atontado; no enterarse de las cosas que se dicen o se hacen».

En el limbo creíamos que estaban los políticos de la oposición y la disidencia venezolana cuando, a contra corriente del mayoritario sentir popular, siguen pregonando que el único camino para salir de la trampa en que cayó el país es la vía electoral. Vía electoral que ellos mismos nos han hecho transitar con nefastos resultados como la lista Tascón, la calificación de «mierda» por parte de Chávez del rechazo electoral a la enmienda constitucional en el 2007 y el desconocimiento de los alcaldes y gobernadores electos en noviembre 2008. Después de la vapuleada y bien gaseada marcha del mes de agosto de este año contra la ley cubano-marxista de educación, el maltrecho alcalde de Caracas dijo, después de felicitar la heroica resistencia de la multitud, que «ya tenían ganadas las elecciones legislativas de 2010 y las presidenciales de 2012».

Por la expulsión de Leopoldo López del partido Primero Justicia por no haberse llegado a un acuerdo en lo referente a la nominación de los candidatos a diputados para las elecciones legislativas venideras, supimos que estos angelitos no estaban en el limbo sino en mezquinas componendas que solo tienen como mira su egoísta bienestar personal. Del trio Te-Ro-Bo, de infausta memoria, ha surgido de nuevo como vocero de la oposición Julio Borges, olvidando los miembros de la «Mesa de la Unidad» que por él se perdieron muchas alcaldías y la gobernación del Estado Bolívar en las elecciones de noviembre 2008.

Sin reflexión alguna y liderizados por un arrepentido esbirro del Chavismo (Ismael García) salieron estos dirigentes, sin acordarse de las represalias que padecieron y aún padecen los ciudadanos que firmaron contra el régimen, a solicitar un abrogatorio contra la ley de Educación aprobada entre ratas y media noche el 14 de agosto próximo pasado. Estos ciudadanos, náufragos en su casi totalidad de los partidos Acción Democrática, Copey, el MAS, etc. por cuyos méritos tenemos a Chávez en Miraflores, saben perfectamente como se bate el cobre en Venezuela y más que en el Limbo están en el Infierno donde preparan sus engañifas y coartadas para no salir nunca de la pesadilla que vivimos.

En el limbo creíamos que estaban los médicos (por no nombrar los militares ni otros gremios del país) que silenciosamente contemplan la destrucción de los estudios universitarios de Medicina, su remplazo por falsos médicos cubanos en la cabecera de las camas de los pobres, el parto de las mujeres venezolanas en las aceras que circundan las maternidades por falta de insumos y especialistas, la inopia total de los hospitales y el espectáculo dantesco de las morgues. Pero no, no estaban en el limbo. Por el exceso de trabajo que tienen en las clínicas privadas donde trabajan supimos que están en el paraíso de los buenos negocios a costa del dolor y la enfermedad de los venezolanos.

Muchos periodistas y ciudadanos de buena voluntad si están verdaderamente en el limbo cuando contra viento y marea y olvidando los artículos constitucionales del extremo (25, 333 y 350) también alegan tercamente que la salida del atolladero y del apocalipsis venezolano pasa únicamente por la via electoral. Ni siquiera hablan de una auditoría a fondo del Registro Electoral Permanente que obligue a a las autoridades de Identificación a colocar la dirección del votante en la cédula de identidad, único freno al fraude y los guisos electorales.

Así, cuando Luisa Ortega Díaz fue a la Asamblea Nacional a proponer castigos y penas muy duras contra las ciudadanos que protestan, cercenando así, de un golpe, la libertad de expresión, la periodista Nitu Pérez Osuna entrevistó a Cecilia Martínez, decana cuasi centenaria de la prensa nacional ; concluyó sus declaraciones diciendo que «había que salir de Chávez de cualquier manera» , Nitu, casi ultrajada, le respondió, «De cualquier manera no, por la vía electoral».

En Venezuela desde hace años estamos en dictadura y más que en dictadura estamos en guerra. Ya lo decía Chávez explícitamente y sin ambages en 1998 (ABM, Habla el Comandante, 1998): «La dicotomía entre vía pacífica y armada o violenta es falsa. Para mi todo esto es una guerra». Salvo el desconocimiento del regimen chavista que nos ha sumido en esta guerra y que contraría abiertamente los valores, principios y garantías democráticas y menoscaba los derechos humanos (Art 350) actualmente no hay vías alternativas (léase electorales, dialogantes o negociantes) para neutralizarlo.

Es más todos tenemos la obligación de salir del limbo (Art. 333) y el deber de utilizar todos los mecanismos (no necesariamente electorales, dialogantes o negociantes) para restablecer el estado de derecho. Además el Artículo 25 dice que todo acto dictado en el ejercicio del poder público que viole o menoscabe los derechos garantizados por la constitución y la ley es nulo.

Entonces dejémonos de puerilidades y de discusiones vacuas, tengamos en mente los numerosos presos políticos, el estado calamitoso del país, el uso escatológico que hace el presidente de la Constitución y las leyes, la destrucción de los poderes públicos y sociales. Utilicemos como verga vapuleadora estos tres artículos que la Constitución reserva para casos extremos de dictadura y guerra civil, mandemos p’al carajo, es decir para el banquillo de los acusados y para el castigo a esa caterva de maleantes que han tomado por asalto a Venezuela. En este sentido concluye el antes citado artículo 25 de la Constitución: «Y los funcionarios públicos que ordenen [el menoscabo de los derechos constitucionales] o [lo] ejecuten incurren en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos, sin que les sirvan de excusa órdenes superiores».

Qué no se ofusquen los timoratos de la política, ni los puristas del lenguaje con «la verga y p’al carajo» ; Don Francisco, el de Quevedo y Villegas, le hubiese propinado a Chávez y sus malandros, antes de mandarlos p’al carajo, una colosal patada por «el ojo que no tiene niña», es decir «por el culo». 07-09-2009
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