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sábado, 27 de junio de 2015

MAFIAS VS. MERCADO LA DISYUNTIVA QUE ENFRENTAN LOS VENEZOLANOS




Oswaldo Guayasamin

MAFIAS VS. MERCADO
LA DISYUNTIVA QUE ENFRENTAN LOS VENEZOLANOS
 Humberto García Larralde

I.

Mercados competidos y transparentes, en los que se conocen precios y calidad de lo que se transa, constituyen la forma más eficiente de satisfacer los requerimientos de la sociedad con los recursos y capacidades disponibles. Cualquier desajuste entre demanda y oferta de un bien encuentra expresión inmediata en su precio, incentivando la concurrencia de nuevos oferentes cuando sube o desplazando a aquellos menos eficientes en caso contrario. En competencia, el sistema de precios orienta a los consumidores hacia las mejores ofertas y señala oportunidades de negocio a los emprendedores. Además, presiona a cada firma a perfeccionar su oferta, so pena de que un competidor satisfaga mejor la demanda y la desplace del mercado. Esta dinámica incentiva la innovación, mejorando la calidad de los bienes y servicios producidos, disminuyendo sus costos y generando espacios para la inversión, el crecimiento y el empleo productivo.

Corresponde a los gobiernos estimular la competencia, promover la transparencia de los mercados, regular los monopolios naturales[1] y forjar condiciones que promuevan la innovación y el cambio tecnológico. Deben procurar los equilibrios macroeconómicos que están en la base de la estabilidad de precios, del financiamiento competitivo y del intercambio provechoso con el extranjero. Asimismo, es menester un marco institucional que promueva la confianza y la iniciativa de inversionistas, productores y comerciantes. A la vez, el Estado debe producir los bienes públicos[2] que demanda la sociedad y compensar por las ineficacias ocasionadas por la presencia de externalidades[3].

Pero maximizar la eficiencia y lograr, por ende, el mayor crecimiento a través de mecanismos de mercado, en absoluto garantiza la equidad en el provecho de sus frutos. Por esta razón, un régimen democrático debe procurar que los más pobres puedan valerse de las oportunidades que ofrece la igualdad ante la ley. Apela, para ello, a sus potestades redistributivas, pechando a los más ricos para obtener los recursos con los cuales atender las necesidades de los de menores ingresos.

El alcance de este empeño dependerá de cómo se expresen los valores de justicia social en el país, pero no debe interferir con los mecanismos de mercado, ya que mataría “la gallina de los huevos de oro” de la iniciativa privada. En esta difícil combinación entre equidad y eficiencia se mueve el mundo moderno, desde el “capitalismo salvaje” tipo chino, escaso en derechos laborales, del consumidor y ambientales, así como en libertades civiles y políticas; a países democráticos cuya protección social tiende a ser omnicomprensiva, como la de los escandinavos, que exhiben la mayor equidad en el mundo con niveles muy altos de bienestar material; pasando por los EE.UU.

II

Pero Venezuela tiene petróleo. A partir de su producción comercial a gran escala los gobiernos se sintieron ungidos financieramente para tutelar la modernización de la nación invirtiendo en obras de infraestructura, servicios de educación, salud y seguridad, y formando una burocracia estatal que administrara estos desarrollos. Desde el llamado “trienio adeco” –con la trágica interrupción de la dictadura de Pérez Jiménez- fueron incorporándose sectores otrora marginados al usufructo de una amplia gama de derechos. Pero en este proceso el Estado buscó la justicia social, no por medio de políticas redistributivas, sino interviniendo los mecanismos de mercado.

Con el boom del mercado petrolero internacional de los ’70, la economía se indigestó con una plétora de recursos que no pudo absorber productivamente. Se afianzó un PetroEstado dispendioso que desplazó al rol del sistema de precios en la asignación eficiente de recursos por incentivos perversos asociados a la búsqueda de rentas. Ello apartó a los agentes económicos del esfuerzo productivo y aupó actividades especulativas. Políticas populistas y clientelares fueron minando la vinculación entre eficiencia, competitividad y nivel de vida, corrompiendo la ética ciudadana con una conducta paternalista del Estado, según la cual el disfrute de derechos en absoluto obligaba al cumplimiento de deberes.

Cuando bajaron los ingresos del petróleo en los ’80, la ilusión de bienestar creciente se vino abajo. Los gobiernos sumieron al país en una serie de controles y regulaciones en procura del “paraíso” extraviado, que terminó desdibujando los criterios de justicia social con que el bipartidismo de AD y COPEI había forjado su legitimidad. Se diluyó el carácter inclusivo del Estado de Derecho, que pasó a depender de mecanismos discrecionales, prestos a la manipulación política a cambio de favores. Los intentos de superar el rentismo con las reformas pro mercado de CAP II hicieron aflorar los costos reprimidos por años de los controles y los subsidios. Se desató un fuerte rechazo de parte de los dolientes del viejo esquema, que entrabó este proceso de cambio.

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