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viernes, 15 de abril de 2016

LA CONTRAOFENSIVA FASCISTA

 

 
LA CONTRAOFENSIVA FASCISTA
Humberto García Larralde

La mayoría de los analistas observan los procesos políticos desde una perspectiva racional. Para ello está la teoría y los procesos históricos e institucionales a partir de los cuales sistematizar sus metodologías de análisis.  Pero la política, cuando se conduce por medios personalistas en medio de un vacío de contrapesos institucionales al poder central, no siempre se atiene a lo que podemos considerar racional.

Ello es más cierto aun cuando se está en presencia de la monopolización del poder por parte de fuerzas fascistas. El caso venezolano es muy ilustrativo al respecto.  

Habiéndose entrampado en un proyecto exageradamente dependiente del ingreso petrolero, el régimen agotó rápidamente las oportunidades que le deparaban los altísimos precios del crudo en el mercado internacional y se quedó a la intemperie, sin cobijo alguno, cuando éstos se desplomaron. Además de haber puesto todos sus huevos en la misma canasta, la “revolución”  había quemado sus naves frente a la economía privada, al destruirla progresivamente.

Nunca tuvo un plan “B” y el terrible costo de su tozudez se manifiesta trágicamente hoy en una angustiosa situación de hambre, desesperación y hasta de fallecidos por no conseguir medicamentos u obtener los tratamientos médicos requeridos. La desidia criminal de tan tamaña irresponsabilidad les valió un repudio masivo de la población, expresado en la contundente derrota que sufrieron en las elecciones legislativas del 6 de diciembre pasado.

Todo indicaría que, en aras de la sobrevivencia del chavismo y de la preservación de sus posiciones de poder, habría interés en controlar los daños, enmendar los errores, reducir vulnerabilidades y reordenar sus fuerzas. Pero aquí es donde se presenta la irracionalidad intrínseca en la naturaleza fascista de este movimiento.

El fascismo no es sustenta en la razón, sino en la pasión. Se legitima invocando epopeyas de un pasado glorioso en el que supuestamente fueron forjadas las virtudes del pueblo. Tales virtudes, mitificadas por el tamiz de reminiscencias selectivas, fundamentan el triunfo de la Nación frente a sus enemigos, por lo que deben recuperarse. Para ello nutre su imaginario de representaciones maniqueas que enfrentan el “bien” con el “mal”, con base en símbolos de esa contienda fundacional. Se forjan construcciones ideológicas que ensalzan el liderazgo resoluto del hombre fuerte y de las ideas que predica.

Éstas expresan, por antonomasia, el interés colectivo superior en torno al cual se amalgama al pueblo en su lucha por rescatar las virtudes anheladas. La lealtad para con ese liderazgo debe sobreponerse, por tanto, a la prosecución del interés individual y los sacrificios involucrados marcarán la formación del Hombre Nuevo. La política se entiende, en este contexto, como una guerra contra quienes encarnan el mal –los enemigos del pueblo, traidores de la patria-, con los cuales no debe haber trato ni negociación posible.

El pueblo, bajo el liderazgo supremo que encarna sus intereses, abdica de su ciudadanía y se subsume en una masa informe que sólo cobra vida en ordenaciones regimentadas para librar batallas contra los enemigos. En éstas, la violencia se justifica, pues se trata de defender los intereses supremos de la patria.

Lo anterior explica por qué, al sufrir una derrota o un tropiezo significativo, lejos de buscar acuerdos que permitan recomponer sus fuerzas y preservar sus avances, el fascismo suele atrincherarse en posiciones extremas que buscan “profundizar la lucha”. La épica termina siendo lo que le da sentido a su política y entrar en acuerdos con el “enemigo” simplemente la desinfla de toda su vitalidad.

Desde luego, detrás de esta intransigencia se cobijan los intereses creados en torno al usufructo ilimitado del poder y que significan oportunidades prácticamente irrestrictas para expoliar la riqueza social. Pero en vez de proyectarse como una élite que explota a un pueblo, la retórica de la “revolución” se camufla en un ideario que permite movilizar a éste en su defensa, porque, por definición encarna una lucha justiciera.

La retórica comunistoide representa hoy la manera más efectiva de esta postura. El control de los medios y una propaganda incesante que falsifica la realidad con base en embustes y medias verdades, construye ante los suyos una única referencia a su proceder. Se genera así un escenario que legitima y refuerza la confrontación intransigente.

Luego de la contundente derrota en las elecciones parlamentarias, Maduro y los suyos cerraron toda posibilidad de entendimiento con la nueva mayoría de la Asamblea Nacional y se propusieron simplemente anular sus potestades -seguramente bajo recomendación cubana-, como hicieron con el triunfo de Ledezma en la Alcaldía Metropolitana. En este empeño urdieron tramposamente una composición aún más sectaria y partidista del tribunal supremo de justicia, violando los procedimientos y criterios establecidos en la constitución para ello, para “invalidar” todo lo que aprobase la nueva representación de la voluntad popular.

Leyes para otorgar títulos de propiedad a los asignatarios de viviendas por la Misión Vivienda, la reforma de la Ley del Banco Central que busca circunscribir sus funciones a la constitución y, ahora, la Ley de Amnistía y Reconciliación, son torpedeadas por un TSJ que, como señala el Chigüire Bipolar, prácticamente declara inconstitucional a la constitución, en defensa de los intereses de sus jefes políticos.

Con un cinismo vomitivo e inhumano, el fascismo achaca a los que ejercían su legítimo derecho a la protesta, la responsabilidad de las 43 muertes del 2014, producidas casi todas por la Guardia Nacional, malandros “colectivizados” y el Sebin. Y declara el general López Padrino que la Ley de Amnistía recién aprobada es "un adefesio jurídico, ético y moral (que) legaliza la violación de los derechos humanos", violando el artículo 328 de la constitución y absolviendo las prácticas represivas del régimen. 


Algunos consideran que reflexiones de este tenor son exageradas y que la caracterización fascista del chavismo en el poder sólo busca descalificarlo. Que no es “político”, que no contribuye al diálogo, que aborta todo entendimiento con el chavismo para salir de esta tragedia. Y la MUD, creyéndose inmersa en un juego de ajedrez con un contrincante racional, se queda sin jugada cuando este riposta con artes marciales mixtas, en las que cualquier golpe es válido. Creo que no se termina de entender contra quien se lucha.

Es menester dejar las ilusiones y llamar las cosas por su nombre. Hay una claque fascista, militar-civil, enquistada en el poder que necesita insuflar la pasión de sus seguidores a través de la confrontación irracional, so pena de perder sus posiciones de privilegio. Decir así las cosas podrá ser más constructivo para forjar entendimientos con sectores chavistas democráticos, asqueados de tanta corrupción pero cautivos de una lealtad manipulada por una ideológica “revolucionaria”.

Humberto García Larralde
economista, profesor de la UCV
15 de abril del 2016


[1] “La guerra  es la paz; / La libertad es la esclavitud; / La ignorancia es la fuerza”. Orwell, George, 1984, editorial Alfa y Omega, República Dominicana, 1984, Pág. 10
[2] Müller, Ingo (2006), Los juristas del horror. La “justicia de Hitler: el pasado que Alemania no puede dejar atrás, Editorial Actum, Caracas.

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domingo, 2 de agosto de 2015

LA UTILIDAD DEL FASCISMO



LA UTILIDAD DEL FASCISMO
Luis Marín

El régimen y su oposición oficial se acusan recíprocamente de ser “fascistas”; pero ambas acusaciones son falsas. Uno es comunista, una suerte de filial del régimen castrista de La Habana; los otros son en su mayoría socialdemócratas, con la excepción del partido COPEI que es de la internacional demócrata cristiana y Primero Justicia, cuyo referente internacional es el PP de España y quizás el PAN de México, ambos de corte humanista cristiano.

La pregunta es: ¿Por qué esta doble falsedad se ha impuesto tan sólidamente en el discurso político venezolano? Tanto, que la posición de la Iglesia Católica o de la Compañía de Jesús, se resume diciendo: “El peligro actual de América Latina no es el comunismo sino el manejo inhumano del poder y del capitalismo con lo que se empuja a grandes sectores de la población desesperada a dar apoyo a dictaduras populistas y fascistas.”

Por las calles de Caracas se pasean numerosos autobuses con grandes inscripciones que rezan: “Unidad dañada por el fascismo y recuperada por la revolución”; con lo que ya es imposible saber qué será lo que el régimen y su alternativa democrática entienden por “fascismo”, pero seguro que no es algo descrito racionalmente en la historia de las ideas políticas sino una suerte de enemigo imaginario, tan maligno como omnipotente.

¿Cómo es posible explicar que en Venezuela haya tantos antifascistas y en cambio no haya ni un solo fascista reconocido o reconocible? Jamás hubo en este país un partido o movimiento fascista, ni siquiera cuando era la ideología de moda en Europa.

En sentido estricto, el fascismo sólo existió en Italia entre 1919 y 1945, con algunas variantes de partidos y movimientos centro-europeos con esa inspiración, que indujeron a Mussolini a declarar solemnemente que “el fascismo no se exporta”. La verdad es que no sólo en Venezuela, en ninguna parte del mundo han existido experimentos fascistas después de la II Guerra Mundial.

El fascismo sólo existe en la propaganda comunista, bajo la forma negativa del mito antifascista, esa especie de compendio de todo lo malo que lo asemeja tanto al mito del diablo, Satanás o el mal absoluto, que es tan propio de las mentalidades supersticiosas.

Y no habría que perder ni un minuto con él sino fuera porque ilustres miembros de las Academias acusan a presos políticos de ser “fascistas”, sin sufrir la menor sanción moral o censura intelectual de sus colegas igualmente respetables académicos. Por su parte, los más acreditados comentaristas de la alternativa democrática, sus creadores de opinión acusan a Maduro de “fascista” con idéntica circunspección.

En una reciente Asamblea del Colegio de Periodistas vimos con perplejidad como los más encendidos oradores denunciaban las conductas fascistas del gobernador Ameliach en Carabobo. Vale preguntar: ¿Qué pasaría si en esa asamblea de periodistas se hubiera denunciado más bien la conducta comunista del régimen? Si no la mitad, al menos alguna fracción de esa asamblea se habría levantado en señal de protesta.

Y aquí está el principio de la respuesta: la utilidad del fascismo es producir consenso, unanimidad. No es el que no haya fascistas lo que hace inexplicable el antifascismo universal, sino lo contrario: es precisamente porque no hay fascistas que el antifascismo resulta tan exitoso, porque nadie se le opone.

Paradójicamente, “dialécticamente” dirían los marxistas, el antifascismo ha logrado lo que en el fondo se proponía su contrario: una mentalidad homogénea, sin fisuras, donde toda disidencia no sólo resulta imposible sino incluso delictiva.

La unanimidad es la base socio-psicológica de la unidad perfecta, del sueño totalitario.

LA UTILIDAD DE LA MENTIRA

Un conocido catedrático de Derecho comienza sus clases diciendo a sus alumnos que lo que se hace en los tribunales es mentir, mentir y mentir; no se sabe si en esto entraña una denuncia o una recomendación, pero parece más bien lo último que lo primero.

Lo extraño es que hasta ahora ningún alumno lo haya parado advirtiendo que o bien  miente, en cuyo caso no deben creer lo que dice; o bien dice la verdad, en cuyo caso se está contradiciendo (él no miente). Con lo cual se concluye que la mentira puede practicarse, pero no predicarse, porque el predicador se contradice así mismo.

Cada día aumenta la legión de quienes se dan cuenta de que la esencia del discurso del régimen comunista cubano implantado en Venezuela es la mendacidad, no porque diga ésta o aquélla mentira aislada, sino porque es constitutivamente falaz, un gran andamiaje de mentiras.

El problema que plantea es doble: por un lado, da la certeza de que no puede llegar a ninguna parte por ese camino; pero por el otro, hace imposible toda refutación racional de su discurso, puesto que para eso sería indispensable aceptar algunos parámetros de verosimilitud, esto es, de verdadero y falso, que es lo que ha trastocado por completo.

Uno de los problemas que plantea la mentalidad criminal es la desvinculación del criminal con sus propios actos, de manera que pueden negar un hecho en el mismo momento en que lo están perpetrando. Esto siempre ha producido la mayor perplejidad en los criminólogos que, no en balde, llaman a los delincuentes “enfermos morales”.

Estos problemas pueden llevarse a niveles inauditos cuando organizaciones criminales toman el control del Estado instrumentalizando sus instituciones para ponerlas al servicio de sus propios fines delictivos, como ha ocurrido en Venezuela. Con todas las instituciones al servicio del delito son las personas honradas las que están en problemas.

Es desalentador ver como los delincuentes se salen con la suya con garantías absolutas de impunidad, porque son ellos quienes encabezan las instituciones que estarían encargadas de perseguirlos.

El Estado en general pero especialmente el Estado de Partidos, se aprovecha de una presunción de moralidad, de veracidad en sus actuaciones, de eso que se llama fe pública, que hace engorroso llevar a la conciencia común el carácter inmoral, falso y de mala fe de sus actuaciones, aunque éstas sean flagrantes, públicas y notorias.

Más desalentador todavía es ver como la oposición oficial que debería denunciarlos asume conscientemente el discurso de la mentira y le da un giro más, llevando esta dinámica a niveles inverosímiles, como con todas esas promesas delirantes que hacen en el supuesto de “ganar” unas supuestas elecciones que no son tales y que saben completamente imposibles de ganar.

Por ejemplo, dicen que una mayoría parlamentaria es más poderosa que cualquier  presidente; pero aunque se cumpliera la Constitución, cosa que en Venezuela no existe, resulta que el régimen siempre ha sido y sigue siendo presidencialista, no parlamentario, por lo que la última palabra la tiene siempre el presidente, incluso para promulgar las leyes de la asamblea, entonces ¿no es esto mentir conscientemente?

Sin detenernos en las llamadas leyes habilitantes, por las que la asamblea claudica de su función legislativa en el ejecutivo, lo mismo puede decirse de las leyes que ofrecen para la repatriación de capitales que no pueden ser extraterritoriales, para la liberación de presos políticos que no son pasibles de amnistía, para la producción nacional y pare de contar, porque ninguna resiste el menor análisis lógico, por no decir jurídico ni político.

Cierto que, parafraseando a Teodoro Petkoff, nadie se va a presentar a una elección parlamentaria diciendo: “Voten por mí para que yo gane una canonjía, tenga inmunidad, prima por reunión, viáticos, carro con chofer y un trampolín hacia cargos más altos”; o bien: “Voten por mí para seguir los pasos de mi padre, que tras numerosos períodos terminó jubilándose del congreso, rompiendo records de inasistencia a las sesiones”; pero, esta es la realidad que exhiben y el otro discurso, ¿no es la consagración de la mentira como política de Estado?

Todos los mentirosos del mundo se benefician de la presunción de verdad; pero los políticos venezolanos deberían superar la presunción de mentira.

APOCALIPSIS NOW

Las ideas de un tiempo final y de un mundo venidero están firmemente arraigadas en el fondo de la mentalidad popular, como producto de la escatología primero mesiánica judía y más tarde cristiana. Siempre se asocia el uno, a la oscuridad y corrupción sin límites, a la opresión del pueblo y maldad de los tiranos; el otro, a la resplandeciente liberación, a la justicia y magnanimidad de un salvador beatífico.

Estas atávicas visiones apocalípticas han adquirido una extraña actualidad en Venezuela donde no puede evitarse la sensación de estar en el país más corrupto del planeta, en que el lavado de dinero ha alcanzado una magnitud que amenaza la estabilidad del sistema financiero mundial, en que la vesania y perversidad de los funcionarios no tiene paralelo  en toda la historia de la humanidad.

De manera que sin duda algo se corroe, se pudre y cae en pedazos, pero ¿existe alguna garantía de que este derrumbe abrirá paso al mundo por venir, aquel reino luminoso de justicia y bondad, donde reinarán la paz y la abundancia?

La experiencia reciente de Venezuela no puede ser más decepcionante en este respecto. Hugo Chávez pasó rápidamente de líder mesiánico a falso profeta, no porque lo diga ningún detractor, sino él mismo: relatando como le mentía a sus superiores exaltando la mentira como virtud, atizando el odio, poniendo la muerte como consigna (al contrario, el Mesías se identifica a sí  mismo como la verdad, el amor y la vida).

Lo cierto es que Chávez no suprimió nada de lo malo que encontró, sino que sumó sus propias huestes a la devastación, incluso, los mismos adecos, copeyanos y masistas entraron a saco sobre la administración pública como invasores extranjeros, liberados de las restricciones que les imponían las élites de sus partidos, que antes tomaban lo mejor para ellas dejando los desechos para el populacho.

La actual polarización pretende ser un remedo de la anterior, un sistema que se niega a aceptar el carácter revolucionario de las nuevas elites comunistas, que repudian el sistema alternativo y pretenden quedarse para siempre en el poder, según el modelo castrista que se internacionaliza a través del Foro de Sao Paulo.

No hace falta revisar el currículo de la alternativa democrática para advertir que estos fueron diputados, miembros del parlatino, cancilleres, embajadores, unos ministros, otros directivos de empresas del Estado, todos usufructuarios del sistema de partidos.

El problema es que si ellos fueron los que trajeron a Chávez, los causantes de tanto odio y resentimiento, en su mayor parte completamente justificados, entonces: ¿Qué pueden traer ahora? ¿Cuáles serán las tormentas que podrían generar estos vientos?

Con solo ver lo que significaron Tito para Yugoslavia, Saddam Hussein para Irak, Gadafi para Libia y Bashar Al Asad para Siria, el legado de Chávez prefigura como primer peligro la disolución, con su bagaje de anarquía y violencia, de donde no puede sorprender que nuestros buenos vecinos quieran arrancar retazos.

Con el modelo de Castro en Cuba, el segundo peligro es el férreo sometimiento al comunismo, mediante un matrimonio morganático del régimen títere con los partidos tradicionales, apadrinado por Estados Unidos y bendecido por la Santa Madre Iglesia, poderes todos que veneran la estabilidad por encima de la salvación del Alma.

No hay que ser semiólogo para darse cuenta de que ese discurso de la unidad perfecta, la igualdad absoluta, uniformidad general, repudia profundamente al pluralismo, la diversidad, espontaneidad individual y a la postre la iniciativa y propiedad privadas.

Entre los extremos de “comunismo o caos” debe abrirse paso la esperanza de la libertad.

 Luis Marín

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miércoles, 1 de mayo de 2013

HUMBERTO GARCÍA LARRALDE - ¿COMUNISMO O FASCISMO?




La caracterización del régimen político implantado por Hugo Chávez ha sido pasatiempo favorito de los analistas. Entre los que coinciden en su naturaleza “proto-totalitaria”, hay una diferencia de opinión sobre si el objetivo que rige el proceso “revolucionario” bolivariano es el comunismo o si es más bien de índole fascista. Pareciera, en principio, que la precisión del “socialismo del siglo XXI” en términos de un estado y de una economía comunal, la retórica comunistoide de los dirigentes chavistas y la entrega de Venezuela al régimen de los Castro en Cuba, abogara a favor de la primera interpretación. Desaparecido el “comandante”, empero, se desnudan prácticas claramente fascistas para perpetuarse en el poder por parte de sus herederos, en respuesta al cuestionamiento de su legitimidad. ¿Cuál interpretación se aproxima más a la verdad? ¿Tiene sentido esta discusión o es sólo una curiosidad intelectual?

Empezando por la segunda de las interrogantes, si tiene mucho sentido aclarar la naturaleza del régimen, pues ello contribuye con una mejor comprensión de sus fortalezas y debilidades, fuentes de poder y vulnerabilidades ante los desafíos del mundo moderno, lo cual, sin duda, ayuda a una mejor estrategia de las fuerzas democráticas. En cuanto a la primera, argumentaré que las dos interpretaciones son válidas.

¿Qué podemos entender por comunismo?

Nada de indagar acerca de la naturaleza del comunismo con base en la hermenéutica de sus textos clásicos. ¡Líbrame Dios de semejante bodrio! Distingamos, simplemente, las tres acepciones con que suele asociarse el término:

1)    Como una Utopía. Se evoca aquí a sociedades primitivas, donde todo o casi todo se poseía en común y, en cualquier caso, era de usufructo común. Vienen a la mente sectas bíblicas como la de los esenios o de las comunidades cristianas primitivas, en las que había una clara proscripción del lucro, del afán por la riqueza, hasta el punto de elevar la pobreza, la sencillez y la humildad a virtudes a ser emuladas. A los ojos de sus epígonos bíblicos, era una manera de aproximarse al reino de Dios en la tierra. De esta acepción perdura una especie de nostalgia romántica, una reverencia por una época de oro de la humanidad en la que no existía la maldad ni el egoísmo, sino una comunidad hermanada en torno a la noble prosecución del bien de todos. Su evocación asume, pues, la forma de un mito. Su prédica legitimadora tiene carácter moralista, exaltando los deberes de la solidaridad, la cooperación y del esfuerzo por el bien del colectivo, por sobre las apetencias individuales. Para concluir esta apretada síntesis, diré que, en el plano económico, su prédica se justificó en la antigüedad por la situación de pobreza, de baja y estancada productividad, que conformaba un “juego suma-cero”, es decir, una situación en la cual la mejora en el bienestar de una persona era necesariamente a expensas de otros. Ello sustentaba un criterio de justicia que abominaba de las diferencias de riqueza.

2)    Como una Doctrina. Me referiré sólo a los llamados “padres” del “socialismo científico”, Carlos Marx y Federico Engels. Pretendieron haber formulado una teoría científica del devenir histórico, cuyas leyes apuntaban, inexorablemente, a la conquista futura de una sociedad que aboliría la propiedad privada sobre los medios de producción y que se caracterizaría por la abundancia, la libertad y la igualdad, en la que cada quien aportaría al bienestar colectivo según sus capacidades y recibiría, del producto social común, según sus necesidades. Su fundamentación descansaba en teorizaciones descartadas hoy por la ciencia, como son las teorías de explotación, del valor-trabajo, de la inexorabilidad de la lucha de clases, del Estado como instrumento de la clase dominante, y otras accesorias. No es éste el lugar para debatir estas ideas, pero para aquellos interesados hay una extensa bibliografía[1]. No obstante, es importante enfatizar la pretensión científica con que Marx en todo momento defendía sus tesis, al extremo de su famosa afirmación de que él no era “marxista”, ante las numerosas versiones simplistas, vulgarizadoras de sus ideas, pregonadas por muchos de sus seguidores, que reducían sus argumentos a recetas sin fundamentación. Como el “ratón de biblioteca” que fue, nada más caro para el viejo “Moro” que alegar que lo suyo era una “ciencia” para el cambio social, no una ideología.

3)    Como Régimen Político. En beneficio de la simplicidad, cortaré por lo sano para evitar la farragosa discusión de que la naturaleza de los regímenes comunistas ya se encontraba implícita en la doctrina de sus promotores, conclusión con la cual, de paso, coincido. Me limitaré a destacar aquí que su justificación doctrinaria, una vez copado las palancas de poder por Stalin en la naciente Unión Soviética, asume la forma de una ideología, es decir, de una representación sesgada de la realidad para legitimar sus ansias desmedidas de control y poder. Se suponía que el socialismo iba a implantar un sistema racional de planificación que superaría las crisis, insuficiencias e injusticias del capitalismo. El fracaso de esta aspiración obligó a encerrarse en clichés y a blindarse contra toda posibilidad de verse contrastado con lo que ocurría en los países avanzados del mundo occidental. Es lo que el propio Marx llamaba una “falsa conciencia” que introyecta en la mente de los sometidos, los argumentos que sustentan la dominación de las élites. La prédica socialista deja de ser ciencia: las bases de su legitimación se remiten a sus propios enunciados, a manera de un sistema cerrado, inexpugnable a todo intento de contrastación con la realidad. Se convierte en un “deber ser” de carácter moralista que invoca, en última instancia, a las virtudes de esas sociedades de la antigüedad –comunismo primitivo- mitificadas.

¿Qué es el fascismo?

Existe consenso en que el fascismo nunca fue una doctrina, como si lo fue el comunismo marxista. Quizás la manera más directa de concebir el fascismo es como una praxis política orientada al dominio del Estado y la sociedad, fundada en un conjunto articulado de mitos que resaltan la primacía de lo nacional, de lo patriótico, de lo étnico: del “nosotros” frente a los “otros” quienes, por ser diferentes o pensar distinto, representan un peligro y deben ser liquidados. A pesar de no constituir en sí una ideología, el fascismo se vale de construcciones ideológicas para legitimar sus ansias de poder. Entre éstas resalta la exaltación de lo épico, de una concepción heroica y maniquea de las luchas históricas entre el “bien” y el “mal” para afirmar la supremacía del pueblo; la presencia de una grave amenaza por parte de enemigos que atentan contra esa supremacía; la primacía de lo colectivo, del “bien común” reservado por la providencia, por encima de los intereses individuales; y la erección del Estado como expresión por antonomasia de ese bien común que debía imponerse. “Dentro del Estado todo, fuera del Estado, nada” (Mussolini dixit).

El fascismo se valió de la falsificación de la realidad a través de contraposiciones simbólicas proyectadas por una propaganda mentirosa e incesante; el dominio y/o control de los medios de expresión; la destrucción de las instituciones del Estado de Derecho liberal que consagran los derechos humanos y la separación y autonomía de los poderes; y el uso de los aparatos represivos del Estado para doblegar a quienes son retratados como “enemigos del pueblo” o “apátridas”. Emerge un “deber ser” que tiene como único referente al Gran Líder infalible, quien vela por el bien común y cuya identidad se confunde con la Patria, el Estado, y el Pueblo (con mayúsculas). El nuevo orden fascista se basa en el culto a este caudillo, a quien se obedece y expresa libertad incondicional; en la militarización y uniformación de la sociedad; la discriminación abierta de la disidencia; la violencia contra ésta por parte de bandas paramilitares –los “movimientos de camisa”-; y el culto a la muerte (“Patria, socialismo o muerte”): de su disposición al sacrificio supremo en pro del bien común, emergerá el Hombre Nuevo superior pero, como contracara, la muerte también deviene en instrumento supremo para la “limpieza” y reingeniería social.

La “fascistización” de los regímenes comunistas

De la síntesis anterior suele escapárseles a los analistas un corolario importante: al no tener doctrina propia, el fascismo no tiene problema en adoptar formas diversas para representar sus apetencias de poder y de violencia. Por ende, no hay incompatibilidad en que, como ideología, la prédica comunista sea utilizada para “justificar” prácticas fascistas desde el poder. Al contrario de la historiografía ortodoxa de “izquierda” que pretende contraponer fascismo y comunismo como polos opuestos y antagónicos del espectro político, el argumento que defiendo aquí es que, en sus pretensiones por perpetuarse en el poder, las élites de los regímenes comunistas no recurrieron a la pregonada “superioridad” del socialismo, sino a la instrumentación de prácticas que hoy conocemos como fascistas, si bien adornadas con los alegatos justicieros de los bolcheviques. La “legitimación” de tal proceder dentro del movimiento comunista internacional se remonta a Stalin, quien erigió un sistema totalitario altamente represivo, equiparable en su crueldad y capacidad de producir sufrimiento al de Hitler, pero en nombre de fines justicieros (¡!). Éste híbrido llegó al extremo con Fidel Castro, personaje en el cuál la relación de causalidad aparece invertida: de su temprana vocación por la violencia, de caudillo militar salvador de la Patria, surge la conveniencia de arroparse de la ideología –“falsa conciencia”- comunista para legitimar la concentración absoluta del poder en sus manos y derribar las instituciones del Estado de Derecho Cubano que podían interponerse a esta pretensión.

Nótese que lo heroico de la insurgencia fidelista, tanto del asalto al Cuartel Moncada como de la gesta guerrillera de la Sierra Maestra, no tiene por qué negar lo afirmado anteriormente: la historia está plagada de sagas referentes a caudillos “embraguetados” quienes, esgrimiendo propósitos de redención, sometieron a sus pueblos a los más crueles despotismos. La idea de que arriesgar la vida propia otorga una especie de superioridad moral inmune a todo cuestionamiento, es más expresión de lacras mentales ancladas en la idea de que la violencia ha sido motor de progreso, que una absolución efectiva. No tuvo razón Pedro Carujo cuando pretendió justificar su golpe de Estado contra José María Vargas, primer presidente civil de Venezuela, con la exclamación de que “el mundo pertenece a los valientes”.

Pero subsiste, refractaria a toda lógica, la pretensión de superioridad moral de la prédica revolucionaria, si bien ya no en su versión fascista, sí en su envoltorio comunista. Independientemente del hecho real de haber fracasado todo intento por construir el socialismo con base en los planos de Carlos Marx, perdura la percepción de que éste cumplió “moralmente” con darle base doctrinaria a la ancestral utopía. ¿Cómo oponerse a que se concrete ese “reino de Dios en la tierra”, cuando se jura, como artículo de fe, que ello ocurrirá por el portentoso desarrollo de las fuerzas productivas que traerá la revolución socialista? Al creer que esta prédica se encontraba científicamente sustentada se derivó la consigna: “la verdad es siempre revolucionaria”. Pero al resultar la doctrina marxiana una ideología más para legitimar el poder totalitario, el lema se invirtió: “todo lo revolucionario es verdad”. Imbuidos de una concepción teleológica en la que el fin justifica los medios, la “justificación moral” se convirtió en una especie de plastilina amoldable a todo en manos de los comunistas en el poder. De ahí su notoria “doble moral”, propiamente fascista.

Está circulando un video (www.youtube.com/embed/imUEobv0s-E) donde Jorge Rodríguez, increpando la veracidad de los 3 millones que votaron en las primarias de la oposición a principios de 2012, argumenta que la destrucción de los cuadernos de votación eliminaban la prueba fundamental para verificar que no se había cometido fraude! Recordemos que la intención del oficialismo por actualizar su “Lista Tascón” con ellos obligó a su destrucción para proteger a los electores. ¿No es precisamente la auditoría de los cuadernos de votación lo que niega el CNE un año después? Visto en el marco de las corruptelas que han caracterizado al régimen, de la asombrosa dilapidación de recursos a través de todo tipo de negociados, de la mentira, el engaño y de los intentos por linchar a disidentes con las más inverosímiles imputaciones y montajes, la doble moral chavista frente a la cuestión electoral no puede sorprendernos.

Hoy sólo los fanáticos detentores de la “fe revolucionaria” pueden desconocer la naturaleza fascista de la “revolución”. Pero tampoco deja de ser verdad que ésta se inspira en el régimen de los Castro. No veo problema en que se denuncie el proyecto oficialista de comunista, pero ello es simplemente la envoltura que asume hoy los regímenes fascistas, alejados de toda posibilidad de justificarse alegando su superioridad “científica”. Rige el apego emotivo a una épica generada por la mitificación de las luchas del movimiento comunista, encarnadas ahora en la gesta del caudillo. Pero como perdura un margen de ilusos que todavía perjuran que, no obstante los “errores” y las perversidades en la construcción del socialismo en el pasado, el propósito sigue siendo “moralmente” válido, prefiero el calificativo de fascista: retrata a los actuales usufructuarios del poder en toda su impostura, en su inopia moral y ética.

Humberto García Larralde
economista, profesor de la UCV




[1] Cabe señalar el libro de Karl Popper, La miseria del historicismo. En Venezuela, un trabajo pionero fue el de Emeterio Gómez, Marx, ¿Ciencia o Ideología?, publicado en 1983. Años antes, Carlos Rangel había desmontado brillantemente los mitos sobre los cuales se fundamentaba la prédica redentora del marxismo latinoamericano con su libro, Del buen salvaje al buen revolucionario. Para un resumen de algunos de estos planteamientos, existe un artículo mío titulado, “Los mitos de la ‘izquierda’ en la fundamentación del neofascismo”, en Cuadernos del CENDES, Vol. 26, N° 72, Caracas, sept.-dic., 2009.
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miércoles, 22 de agosto de 2012

HUMBERTO GARCÍA LARRALDE - FASCISTA





  
La utilidad y pertinencia del calificativo “fascista” para el análisis político enfrenta hoy dos formidables obstáculos. El primero tiene que ver con la banalización del término por parte de cierta izquierda, luego de la Segunda Guerra Mundial. El hecho un tanto azaroso de que la Unión Soviética emergiera de esta horrible conflagración en el bando defensor de los derechos humanos –no olvidemos que había pactado con Hitler en 1939- le permitió proyectarse como el campeón del anti fascismo, obviando las grandes similitudes entre ambas manifestaciones de totalitarismo.

La propaganda estalinista logró que esta apreciación tuviese como corolario que todo crítico del comunismo fuese “fascista”. Ello cobró sentido durante la Guerra Fría, cuando los EE.UU. aupaban dictaduras anticomunistas altamente represivas. No obstante, estos regímenes militares oprobiosos, conservadores, tenían poca afinidad con el vigor revolucionario del fascismo clásico. De ahí se extendió progresivamente la aplicación del término a todo aquel ubicado a la “derecha” del espectro político, hasta hacer de ambos vocablos prácticamente sinónimos, muy conveniente para descalificar al adversario desde la izquierda.

No obstante, el fascismo existió como fenómeno y a pesar de la banalización en el uso del término, es menester un esfuerzo por precisar su correcto significado si ha de tener provecho para el debate político. Y aquí se asoma la segunda gran dificultad: ¿Se puede usar el término para señalar experiencias diversas, pero con importantes rasgos comunes, o sólo la Italia de Mussolini fue fascista?

Para Umberto Eco, por ejemplo, la experiencia italiana no debe entenderse como padre” doctrinario de otros movimientos similares, fundamentalmente porque la gesta fascista de Mussolini nunca se sujetó a una doctrina. A pesar de su retórica grandilocuente, fue un líder oportunista, pragmático, que adaptaba su ejercicio de poder a las exigencias del momento.

Por su parte, las otras experiencias europeas que suelen calificarse de fascistas –nacionalsocialismo alemán, falangismo español, Ustazi Croata, Guardia de Hierro rumana, el movimiento húngaro de Szalasi- se inspiraban en raíces nacionalistas particulares, refractarias a su uniformación bajo una sola ideología, como sí ocurrió con el comunismo. Eco prefiere denominar esto Ur-fascismo. Otros, como Stanley Payne, argumentan a favor de un “fascismo genérico”, es decir, de la existencia de características comunes en movimientos distintos que justifican su agrupación bajo el término fascista. Es la línea que se sigue a continuación.

Entre los elementos que caracterizarían al fascismo genérico está su inspiración épica, sustentada en una mitificación de un pasado heroico en el que se forjó la nación o la etnia. La invocación de ese pasado como síntesis de la grandeza a la cual debe aspirar el pueblo, alimenta un nacionalismo visceral que sirve de aliciente a gestas revolucionarias.

Debe pulverizarse todo aquello que se interponga al rescate de esa “esencia heroica”, en particular la influencia corruptora del capitalismo internacional –la plutocracia financiera mundial judía, a que se refería Hitler- y las “blandenguerías liberales” del Estado burgués, que impiden el alcance de la verdadera justicia. Esta amenaza es encarnada por un peligroso enemigo externo y sus agentes internos, que deben ser desenmascarados y aniquilados.

Lejos de ser conservadores, los regímenes fascistas buscaban radicalizar continuamente el proceso, proponiendo siempre nuevos objetivos en aras de mantener en tensión a sus seguidores y evitar que cayera su entusiasmo para con el glorioso destino prometido. La argamasa entre el líder y sus seguidores era de naturaleza emotiva, visceral, no el producto de una reflexión racional. La invocación guerrera de batallas y enemigos desplazó a la política como forma de dirimir diferencias.

Para garantizar el triunfo, era menester cerrar filas en torno al Gran Líder carismático, quien comandaba la “revolución”: el individuo debió someterse al Estado, expresión del Bien Común que él encarnaba. Se instaló un régimen de obediencia, basada en el culto a la personalidad, en el que las aspiraciones individuales debían dar paso al interés colectivo -la nación- como bien superior, de cuyos secretos, especificidades y prioridades, sólo el Gran Líder sabía descifrar.

En este orden, fueron eliminadas organizaciones sociales autónomas –sindicatos, ligas campesinas, asociaciones profesionales, culturales- para remplazarlas por “frentes nacionales” que agrupaban a estos sectores sociales bajo la égida del partido de la revolución. Estas organizaciones sociales fascistas eran “cooptadas” conformando un Estado Corporativo en el que los intereses sectoriales debían confluir con el interés superior de la nación. En vez de representar a sus asociados frente al Estado, representaban los designios de éste –el “Bien Común”- ante sus asociados.

Todo lo anterior se nutrió con una representación maniquea, ficticia, de la realidad a través de una maquinaria propagandística que martillaba constantemente falsedades, para forjar un deslinde insalvable entre un nosotros, los buenos que siguen al caudillo, y los otros quienes, al no comulgar con su gesta redentora, simbolizan el mal. Éstos, por tanto, son enemigos, apátridas, que abdicaron a su condición nacional y no merecen tener los derechos de los verdaderos patriotas.

Como la institucionalidad del Estado de Derecho ampara a estos seres, debe ser barrida para que reinen los intereses supremos de la nación, como son definidos por el excelso e indisputado líder. Asoma su feo rostro las pretensiones de reingeniería social a gran escala para eliminar a los indeseados y forjar el Hombre Nuevo, sostén del glorioso orden a instaurar. Para ello se legitima el uso de la fuerza para reducir a los sectores disidentes y se regimienta a la sociedad con base en cánones militares.

Consustancial a lo anterior era el ejercicio extendido de la violencia callejera por parte de organizaciones partidistas uniformadas de naturaleza para-militar. Los movimientos de “camisas” –camisas pardas de la S.A. Nacionalsocialista;  negras de los squadristi italianos; azules de la falange española; naranjas en Bulgaria; verdes en Rumanía- que arremetían contra los “enemigos”, fueron elementos distintivos del accionar fascista.

Se invocaba un “culto a la muerte” con dos vertientes: en primer lugar, como instrumento de “limpieza” que barrería con la podredumbre y con los seres detestables de la vieja sociedad para dar paso al Nuevo Orden; en segundo lugar, la muerte representaba el máximo sacrificio exigible a un ser humano en defensa de los supremos intereses colectivos, la expresión más pura del “Hombre Nuevo” que debía emerger de la lucha.

De manera insólita, ello alimentaba posturas de supremacía moral, en tanto exaltaba la disposición a incurrir en las privaciones necesarias para el triunfo del orden colectivo por encima de los intereses particulares.

No es necesario ser Sherlock Holmes para saber a quién se retrata como fascista en la Venezuela de hoy. Pero no hay –y no habrá, mientras las fuerzas democráticas logren impedirlo- campos de concentración, un fascismo “light” si se quiere. Además, se trata de un fascismo de nuevo cuño, de un neofascismo, acotado por la cultura democrática del país que busca cobijarse en una retórica comunistoide para transmitir la idea de compromiso con los oprimidos.

Ello no desdice esta calificación pues -como fue señalado-, el fascismo no obedeció a una doctrina predeterminada y, además, tanto en Alemania como en Italia, se erigió como campeón del pueblo. Tampoco lo salva el estar acusando a los demás de “fascistas”. Los sicólogos llaman a esto proyección: imputarle a otros los defectos propios con miras a hacerlos desaparecer a los ojos de los demás y lavar las culpas. A confesión de parte….


Humberto García Larralde
economista, profesor de la UCV
humgarl@gmail.com


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