jueves, 18 de abril de 2013

HUMBERTO GARCÍA LARRALDE - TE ESPERAMOS EN LA BAJADITA


El Ávila / Pico Oriental



TE ESPERAMOS EN LA BAJADITA

El estrecho margen de ventaja a favor de Nicolás Maduro anunciado por el CNE el domingo por la noche obligaba a verificar el conteo, para tranquilidad del país. Las marramucias del oficialismo durante la campaña y en el propio día de la votación ante la vista gorda de las rectoras del CNE; el acarreo de electores con vehículos del Estado para votar a la fuerza por Maduro; la intimidación con bandas fascistas motorizadas para evitar las auditorías; y tantas irregularidades más documentadas por el comando Simón Bolívar, dan para pensar que se torció la voluntad popular. La negativa cada vez más estridente a contar los votos no hace sino aumentar las sospechas de que, efectivamente, las cifras del CNE están viciadas.

Ante la difícil y comprometida situación que le tocará enfrentar al nuevo Presidente, el empeño en imponer una decisión que no cuenta con el reconocimiento de la mitad de los venezolanos atenta contra la  gobernabilidad, con inaceptables costos sociales y humanos. Si los maduristas fueran políticos democráticos, buscarían los consensos necesarios con la oposición democrática para insuflarle legitimidad al triunfo que alegan haber tenido. Lamentablemente, el fascismo se conduce de otra manera. Su problema no es gobernar. Requiere librar incesantes batallas contra el “enemigo” a fin de mantener en tensión el cuerpo social y galvanizar a sus partidarios en torno suyo, destruyendo las instituciones que se interponen a sus ansias desmedidas de poder. El fascista busca, a través de clichés propagandísticos, la mentira repetida y la invocación de temores ancestrales, convencer a los suyos de prepararse para la “conflagración final” que habrá de limpiar a la sociedad de “apátridas”, “traidores”, “burgueses” y demás indeseados.

Chávez fue un artista en este ejercicio de confrontación maniquea, por su carisma, su capacidad para manipular a los sectores marginados con su retórica patriotera y de odios, y su inagotable arsenal de falsificaciones que tergiversaban la realidad a su favor. A la vez, afianzaba un sentido de pertenencia y lealtad a su proyecto por medio de mecanismos de reparto basados en la portentosa renta petrolera que caía en sus manos. El grave problema que afronta Maduro es que un gobierno suyo ya no contaría con ninguna de estas condiciones: ni con el carisma para obtener la sumisión automática de los suyos, ni con la abundancia financiera para conservar las bases chavistas.

Pero creyendo que cuenta con un manto protector por aquello de ser “hijo de Chávez”, Maduro se decidió por la confrontación en vez de buscar las bases mínimas de la convivencia con la mitad opositora. Irresponsablemente alienta la violencia e, incluso, las posibilidades de una guerra civil, llamando a sus seguidores a la calle para enfrentar a la oposición. Apela afanosamente el recetario de consignas mal digeridas de su comandante, para argumentar que la defensa de nuestros derechos políticos –el reclamo de que se cuenten los votos, uno a uno- constituye un pecado de lesa patria. Émulo de las prácticas nazis, busca infiltrar las filas democráticas, disfrazando a sus malandros de “Caprilistas” para provocar toda suerte de desmanes y saboteos, con el fin de inculpar a quien le pide, sencillamente, que acceda al reconteo de los votos.

Desesperado, de nuevo lo traiciona su subconsciente ¡acusando a las fuerzas democráticas de fascistas! Por su parte, Diosdado, fascista hasta la médula, se carga la Constitución negando toda posibilidad de debate en la Asamblea con amenazas dignas del Führer. Lamentablemente para ambos, no es posible un régimen fascista sin un líder carismático capaz de provocar un culto abyecto a su persona, condición indispensable para lograr esa sumisa lealtad con la cual aniquilar toda rivalidad por el poder. No es posible el chavismo sin Chávez.

Ante la ausencia absoluta de carisma, sus torpezas y carencias cada vez más visibles en su desempeño frente al Estado, ¿Cómo justificará Maduro “revolucionariamente” que ya los reales no alcanzan, mientras se conservan a la vista de todos los privilegios y corruptelas entronizados a lo largo de estos últimos años? ¿Con qué ascendencia pretende ordenar a los militares reprimir las protestas populares? ¿Cómo meter en cintura a sus rivales, aplacar los brotes de insatisfacción, cuando está en entredicho su propia legitimidad?

De ahí que las fuerzas democráticas habrán de “esperarlo en la bajadita”. El despilfarro de la renta durante años, los compromisos de deuda asumidos, la regaladera internacional, y los problemas para cuadrar las cuentas del Estado y de las empresas públicas, le dejan escaso margen para satisfacer las expectativas de una población a la que acostumbraron a creer –irresponsablemente- que las dádivas que recibían eran conquistas de “su revolución”. Las dos devaluaciones recientes ponen al descubierto el estruendoso fracaso de su proyecto. Luego está la insalvable contradicción entre abastecimiento e inflación bajo el esquema actual de controles: si reprimes los precios, escasean los productos, si buscas garantizar el abastecimiento, tendrá que ser con base en precios atractivos para comerciantes y productores. Sólo una política basada en promover una mayor productividad, en un ambiente de libre competencia, puede conciliar ambos aspectos. Pero para el monje Giordani, guardián de la fe en el socialismo estalinista, tal opción es anatema. Finalmente, los contratos congelados durante años de empleados y obreros públicos, y el clamor por un ajuste salarial que les permita una vida digna, no pueden seguirse postergando.

Por último, crecen las presiones por cobrarle a Maduro el descalabro en la votación chavista. El régimen de expoliación montado a través de años por los “enchufados” corre el peligro de desaparecer ante la incompetencia del ungido. El carisma de Chávez y la abundancia de recursos que le tocó administrar, le permitió imponerse ante la voracidad de los suyos y “legitimar” el reparto de la renta. ¿Cómo pretende ahora Maduro afrontar la creciente conflictividad si, encima, desconoce los derechos políticos de la mitad del país?

Nicolás, te esperamos en la bajadita.


Humberto García Larralde
Economista, Profesor de la UCV

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