miércoles, 23 de septiembre de 2015

MILITARIZACIÓN DESDE LA FRONTERA


MILITARIZACIÓN DESDE LA FRONTERA
Humberto García Larralde
  
La reciente extensión del estado de excepción bajo control militar a 23 municipios fronterizos que abarcan los estados, Táchira, Zulia y Apure, y la creación de una misión para la “Nueva Frontera de Paz” dirigido por el mayor General Gerardo Izquierdo Torres, representa otra avanzada más en el proceso de militarización del país. La suspensión de garantías en esos municipios permitirá inspeccionar casas y negocios sin orden judicial, impedir el libre tránsito de personas y bienes, y prohibir reuniones y manifestaciones públicas que no estén autorizadas. Es decir, el cese, por tiempo indefinido, de derechos ciudadanos básicos consagrados en la Constitución. Pero no es un caso aislado. 

El lanzamiento de los OLP (Operativo de Liberación del Pueblo) a nivel nacional bajo comandos militares y policiales ha significado, de hecho, la suspensión de las garantías constitucionales en muchas zonas residenciales de bajos recursos, entre éstas la más importante: la referente al derecho a la vida. Más allá, encontramos 11 gobernaciones, numerosos ministerios y centenares de cargos de alto nivel del sector público en manos de  militares o ex militares, sin mencionar la presidencia de la Asamblea Nacional.

El control militar en la Venezuela de hoy, eliminada la separación y autonomía de poderes por su subordinación al ejecutivo, caracterizada por la relativización de los derechos constitucionales por jueces que condenan obedeciendo órdenes políticas y cuyas autoridades se niegan a cumplir los dictámenes de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y tampoco de la comisión de igual mismo nombre de las NN.UU., deja a la ciudadanía a merced de una racionalidad que nada tiene que ver con el ejercicio democrático. Se achican los espacios para el cuestionamiento de las decisiones tomadas desde el poder y se castiga a quienes, en la opinión de jerarcas militares, ponen en peligro su concepción particular de patria: aquella sujeta a la voluntad indiscutible del gendarme, en nombre de los “intereses supremos de la nación”. 

Desde la óptica del ejercicio de los derechos civiles y de la ciudadanía responsable, el poder militar no puede ser sino arbitrario y despótico. Se va imponiendo la razón de la Seguridad Nacional como arbitrio de nuestra conducta. Desgraciadamente, la historia venezolana está plagada de estos abusos, siendo que –con escasas excepciones- prácticamente todos los gobiernos previos a 1959 estuvieron bajo dominio militar. A eso los venezolanos hemos llamado siempre Dictadura. 

Lo insólito de la situación actual es que esta “fagocitación” progresiva del país por parte de elementos castrenses se hace ¡invocando argumentos de izquierda! Muerto Chávez, el partido militar que prohijó se ha autonomizado, enseñoreándose del poder a pesar de lo establecido en el artículo 328 de la Constitución y del mejor juicio de mucho oficial institucionalista, obligado a inhibirse por razones de disciplina castrense y/o amenazas del G2 cubano.

La razón militar se asocia con la preparación y ejecución de acciones bélicas. Su interés está en cómo ganar, prevenir y/o neutralizar conflictos con “enemigos de la patria”. El dominio militar se “legitima”, como lo revela la drástica implantación del estado de excepción, con la identificación de “enemigos” cuya amenaza “justifica” la suspensión de garantías. Pero, ¿con qué criterios se define quién es enemigo? ¿Quién decide al respecto? Cualquier expresión organizada de la sociedad civil que cuestione la razón militar –sindicatos, gremios, universidades, medios de comunicación, ONGs- es sospechosa y está en “la mira”. Ya lo dijo Ameliach al amenazar a la MUD que la acusaría de “traición a la patria” si rechaza el estado de excepción y apoya las quejas de Colombia.

El ejercicio del poder político como si se tratara de conducir la guerra por otros medios –invirtiendo a Clausewitz- es propio de regímenes fascistas. De ahí la necesidad permanente de ubicar enemigos que “legitimen” la militarización, el control, la regimentación de la sociedad y la suspensión de los derechos civiles. Nadie mejor que Norberto Ceresole –asesor de Chávez en sus primeros años de gobierno- para construir argumentos a favor. Pero nadie como Fidel para encubrir estas prácticas dictatoriales dentro de una apología “revolucionaria” que absuelve los desmanes y atropellos de un régimen de fuerza. 

En Cuba, gracias a la epopeya envolvente de la Sierra Maestra que abatió la suspicacia de todos menos los más desconfiados, la disolución del ejército y del aparato estatal batistianos, y la paciente, sostenida y eficaz labor del MinFar bajo Raúl, los militares se han adueñado del país. Se han erigido en la nueva casta dominante, a cargo de empresas y servicios, amén de las actividades de inteligencia, represión y resguardo de su propia hegemonía.

Es éste una parte vital del “paquete tecnológico” que los hermanos Castro han ido “transfiriendo” a Venezuela a cambio de miles de millones de dólares cada año, junto a los mecanismos de acoso y falsificación de pruebas para criminalizar la disidencia, y la represión descarnada. Con esto es que el dominio cubano sobre Venezuela ha engolosinado a muchos jerarcas militares, tradicionalmente nacionalistas y anticomunistas. 

Aquí no hay nada de “convicción ideológica”: es la simple y cruda razón de poder la que explica la aquiescencia de mucho jefe castrense con la entrega del país a intereses foráneos. Porque es muchísimo lo que está en juego para ellos, como lo revela el Cartel de los Soles, la disputa entre oficiales del ejército y de la Guardia Nacional por esa lucrativa mina –en grado extremo- que representa la frontera con Colombia, sin mencionar las oportunidades de extorsión que ofrecen tantas leyes punitivas cuyo cumplimiento obligatorio es confiado a la fuerza armada.

La habilidad de Fidel para consolidar un régimen militar fascistoide a su servicio alegando fines de redención social, libertad (¡!) y de lucha por la “Segunda Independencia” (2ª Declaración de la Habana) lleva a acuñar un nuevo término, el de fasciocomunismo. Y Maduro, Cabello y compañía han mostrado ser fieles –aunque muy torpes- discípulos. Ante cada vuelta de tuerca en la militarización del país, radicalizan sus posturas de “izquierda”, hablando de “la construcción del socialismo”, la lucha contra el imperio y la redención del “pueblo”. ¡Y todavía hay quienes se lo creen! 

El colmo del cinismo es la negativa a respetar los derechos UNIVERSALES del ser humano, rubricados por Venezuela en distintos acuerdos internacionales, empezando por la Declaración de las Naciones Unidas, ¡alegando “la inviolabilidad de nuestra soberanía”!

Pinochet, Videla y la cáfila de gorilas que han martirizado tanto a América Latina durante el último siglo estarían envidiando, desde sus respectivas tumbas, lo que viene logrando, sin prisa pero sin pausa, la oligarquía militar venezolana: aplastar lo que siempre fueron anhelos de libertad, justicia y respeto por los derechos humanos, los que solía enarbolar la izquierda. ¡Viva la “Revolución”!

Humberto García Larralde
eonomista, profesor de la UCV
22 de septiembre del 2015

No hay comentarios: