Y ciertamente estas prácticas no las inventaron los actuales gobernantes. La heredaron de una república sin república incapaz de alejarse de las tiranías y los caudillos que en rebatiña se disputaban los destrozos. La recogieron de quienes intentaron fundar una democracia que se quedó en proyecto, en medio de tanta apetencia de poder, que dio paso a lo que hoy nos rige y destruye.
Y hoy esta ‘revolución’ ha institucionalizado esta realidad porque cuenta con gigantescas redes corruptas de una justicia sin justicia, plegada a los designios de un poder cuyo único interés reside en una supervivencia, que cada día se levanta más sobre la infamia, la persecución, el dolor, la ira y la muerte.
Y tú lo sabes mejor que nadie: la prisión política es una decisión unilateral y autoritaria del poder. Es el castigo para los opuestos al mando-poder. Y por eso hoy y aquí hay que contabilizar tantos seres silenciados, excluidos, aislados, sometidos a condenas crueles, por el único delito de oponerse a un régimen y a unas prácticas masacradoras, usurpadoras, criminales.
Por ello, se hace impostergable, tomar la palabra vertical, abandonar el silencio y el miedo, sin violencia, pero con rigor, con disposición a decir que ya es suficiente y proceder a contener este aluvión de desgarraduras y heridas que han transformado nuestro suelo en un lugar inhóspito, en un erial poblado de gente silenciada, maniatada y desmadrada.
Tú estás condenado porque te asignaron la responsabilidad de cuidar al hoy golpista-presidente, después de su renuncia del 11 de abril del 2002. Y eso se toma como causal, en el marco de la miserable justicia de esta llamada revolución, para una condena de más de 12 años.
Tú lo dijiste: soy un preso de Chávez. Y la verdadera razón de tu encierro es que te convertiste en testigo de excepción de un tal gigante en pleno derrumbe y registro de llanto. Tú lo viste llorar. Presenciaste el espectáculo de un supuesto jefe de Estado que sólo pedía el favor de ser llevado a Cuba. Y el supuesto rescate heroico, permitido y negociado, le ha servido desde entonces para ejercer todo tipo de venganzas y afrentas.
Por todo esto, tu testimonio es como el filo de un cuchillo que va abriendo las espitas de una realidad que desearíamos ajena y distante, pero que da la medida de lo que somos, de lo que han hecho de nosotros y de hasta qué punto llega la complicidad, la cobardía, la utilización y la descomposición de una sociedad.
Fuiste testigo de excepción de la improvisación, la falta de coraje, el miedo y la huida de muchos que luego regresaron a acomodarse. Y te lo cobraron, Otto, te destrozaron tu vida y tu carrera, a la hora de cumplir las órdenes de unos superiores que no fueron capaces de dar la cara, ni de tomar las riendas de una situación que parecía más bien un montaje, dedicado a extirpar toda la disidencia y que tuvo un gran y único culpable en Otto Gebauer Morales. Quienes te dieron las órdenes están hoy en plena libertad.
Tú sigues en la Cárcel de Ramo Verde. Y tu historia refiere la misma de los presos políticos de este país, de los comisarios encerrados en los sótanos de la Disip, de los funcionarios de la Policía Metropolitana, los militares perseguidos, los que están en el exilio, los trabajadores de la alcaldía, los estudiantes, cada uno de los perseguidos y encarcelados por un régimen obligado a mantenerse por la vía de la represión, la persecución, el miedo, el terror y la mentira, el fraude y la utilización más cobarde y denigrante que se haya hecho de un colectivo desmadrado.
Sin embargo hay un malestar que despierta cada vez con mayor fuerza. Y hay que darle respaldo y apoyo a ese esfuerzo. La lectura de tu libro puede contribuir a dar ese impulso.
Pero sabemos que habrá obstáculos levantados por los censores y dueños del comercio y la publicidad de este orden. Este libro toca a muchos que intentan no quedar al descubierto en sus intereses y complicidades. Pero remontaremos estas dificultades haciendo valer, no la acción individual de un Otto Gebauer, sino la participación de una red colectiva que ya entiende como un reto, el intercambio y hasta la confrontación de ideas.
Quiero decirte, finalmente, que esta carta lleva consigo la manifestación de nuestro afecto, nuestra admiración, y el deseo urgente, inmediato de que esa palabra vertical que levantaste en tu testimonio sirva para contribuir a engrosar las filas de quienes quieren rescatar este expaís de todas las formas de totalitarismo a las que ha sido sometido.
Y que tu alegría, tal como lo deseas, sea dejarle a tu hija, a tu esposa, a tus amigos y a tus excompañeros de las Fuerzas Armadas, un ejemplo, una actitud y un coraje que nos hacen falta para sobreponernos a este tiempo de desmadres y masacres. En ti confíamos, Otto!
mery sananes
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