viernes, 6 de febrero de 2015

PEDRO LEÓN ZAPATA



Autorretrato

PEDRO LEON ZAPATA
Alfredo Coronil Hartmann

La muerte de Pedro León Zapata es un abuso, dirían los españoles, con ese gráfico vocablo que es un sinónimo de ensañamiento: “un recochineo”. No por la edad que tuviese, 85 años, con su capacidad creativa y su humor, es si acaso una prolongada adolescencia. Es un abuso, porque Pedro León es un icono de la Venezuela decente, sensible, humana, un ser humano cálido.

Lo conocí siendo yo apenas un muy joven aprendiz de poeta, un grupo de escritores y artistas inventamos hacer un semanario humorístico: Rubenangel Hurtado, Carlos Gottberg, Régulo Pérez,  Zapata y algún otro maestro itinerante, yo tenía apenas 23 años y Pedro León era un mozo de 36, lo denominamos “El Infarto”.

Nunca, no obstante el peso intelectual y artístico del equipo, me hicieron sentir, “como cucaracha en baile de gallinas” mi minoridad era respetada y estimulada, sin embargo no sacamos muchos números, “La Cadena” impuso, con el salvaje capitalismo de las pedradas a nuestros pregoneros, un semanario similar. Pero gozamos un puyero, además del gobierno, víctima propiciatoria de toda empresa humorística, la farándula, la directiva del INCIBA, los empresarios, ni siquiera mi papá se escapó de la mamadera de gallo, le sacamos un versito con motivo de la visita de la exuberante Jeanne Mansfield a Caracas…

Su caricatura cotidiana en El Nacional era, junto a la mancheta de Miguel Otero Silva, el editorial del diario de opinión más importante del país. Todos los mandatarios y jerarcas de Venezuela recibían con mayor o menor humor los pinchazos de su ingenio y de su genio.

Rómulo Betancourt era un gran admirador suyo, y los zapatazos que le dedicó no fueron siempre tersos, recuerdo en especial la versión de la propaganda del impactante documental “Aguas azules, muerte blanca” donde el escualo aparecía con una pipa en la boca y lo subtitulaba “el gran tiburón blanco, su ferocidad es indetenible y su voracidad insaciable” y ninguno se puso bravo con él, había que ser bien infeliz y bien pendejo para increparlo como lo hizo el héroe del museo militar.

Lo declaro un abuso, y que el Señor me perdone la irreverencia, porque sus conciudadanos nos sentiremos incompletos sin el zapatazo que siempre marcó derroteros y sed de justicia, porque la humanidad de Pedro León, su simple respiración en este nada metafórico valle de lágrimas, era una contra eficacísima del descreimiento y el desencuentro en que estamos sumidos los venezolanos.

Para Mara nuestro mejor afecto y solidaridad. Hasta luego Pedro León Zapata, como diría Juan Vicente Gómez, a quien tanto retrató: ¡Ah rigor!

Alfredo Coronil Hartman

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