martes, 24 de octubre de 2017

EN BUSCA DE LA FELICIDAD


Marc Chagall

EN BUSCA DE LA FELICIDAD
BREVE REFLEXIÓN
Ramón Santaella 

En estos tiempos tan ayunos de felicidad, Ramón Santaella, geógrafo y poeta,  como permanente investigador de lo factual y de lo que yace en su interior invisible, decide hacer una breve reflexión sobre esa búsqueda permanente del hombre. ¿Logra encontrarla? ¿Se lo propone? ¿Sigue la pauta de lo que el mundo considera ser feliz? ¿Responde a sus propias búsquedas o termina siendo una permanente frustración?

Ramón se adentra en esos pasajes inseguros, no con la intención de dejar resuelto tamaño problema, sino más bien con el propósito de que cada quien se haga la misma pregunta y pueda establecer si en verdad lo que entiende o no por felicidad es algo que lo ha tocado en verdad.

Vale la pena la búsqueda, que es como tratar de distinguir en el paisaje cuál de sus tonalidades es la que se asemeja más a la palabra que la nombra. El poeta señala el reto. El lector tiene la palabra. ms


Hace pocos días logré ver en uno de los canales de televisión, una interesante película donde el protagonista en rol de psiquiatra se hubo fijado como meta “final” de su existencia, la búsqueda de la felicidad. para ello, tomó unas largas vacaciones que le permitieron viajar de EEUU a Europa.

Después de un tiempo, la búsqueda no daba resultado positivo alguno y consideró la posibilidad de continuar la búsqueda en el continente asiático, específicamente en sociedades de mayor antigüedad. Sin embargo, pasado el tiempo requerido, con resultados similares en Europa, pensó en viajar al continente africano, donde aproximadamente, después de un año conviviendo con pueblos aborígenes y una u otra civilización,  entre reflexiones, auto-confesiones y percances, llega a la conclusión de haber dejado en su país la posibilidad de hallar la felicidad.

Tal vez, fuese probable haber estado  cerca de ella e ignorarla mientras dedicaba su tiempo a la práctica de la psiquiatría. Simplemente, llegaría a considerar la felicidad como un estado circunstancial o mental de satisfacciones particulares, cuya duración en el tiempo se desconoce por carecer objetivamente de concienciación o planificación.

Sin embargo, buscar la felicidad pareciera ser misión en cada ente humano o social durante su existencia terrenal, al punto de constituir, al mismo tiempo, la más  grande causa de frustración en el proceso de la vida humana, tanto como objetividad en el proceso de la búsqueda como mental, a consecuencia del fracaso propio de su no hallazgo.

Los caminos y medios de búsqueda pudieran ser como muchos buscadores, simples o sencillos los intentos de unos y complejos como abstractos, los de otros, cualquiera de ellos, válido, según intereses, objetivos,  deseos, necesidades  y medios empleados por cada interesado. Pero, siempre, con actitud supuestamente “consciente” en la medida en que se “planifica” como cualquier proyecto de vida o formando parte de este, más allá de la manifestaciones intuitivas           de unos y otros como de las contradicciones implícitas entre aceptar o negar su posible planificación y existencia, sin importar tiempo, obstáculos y medios cuando la escala de valores y principios prefijan objetivos o son asumidos los sentimientos como bandera para el hallazgo concebido.

Lo cierto es que la búsqueda de la felicidad se ha convertido a lo largo de las edades o de los tiempos en el máximo galardón de la sociedad, discriminado según intereses o particularidades de sus integrantes, para ello se apela a la fuerza  y práctica de valores sociales, económicos, políticos y religioso-espirituales, cuestión que inyecta complejidad social y moral a dicha búsqueda como a la especificidad de los objetivos “programados”.

Contrariamente, se pudiera pensar que el logro o percepción de la felicidad pudiera resultar más sencilla, menos compleja o traumática como inmediata, de establecerla mentalmente como razón inmanente del ser pensante, digamos, algo unido a necesidades esenciales del hombre, más allá de la apariencia que consume buena parte de la atención social, política y económica de la existencia y subsistencia socio-histórica.

Esta manera de presentar la felicidad se enfrenta a lo que sintetiza la psiquis resultante de los diversos procesos de creación o construcción, crecimiento y desarrollo del ser social a lo largo de su existencia y particularmente, la primera fase relacionada con la concepción e infancia, tal como se lo han planteado en sus objetivos, la Ingeniería Genética y la Biología molecular, más allá de intervenir la composición o elementos de la porción genética propensa a la morbilidad, a propósito de “construir un ser humano supuestamente  perfecto”, entes iguales en su contenido genético o esencia, más no en la forma o apariencia, cuando se ha afirmado que la forma es síntesis del contenido.

Entonces, preguntamos ¿Pretende la ciencia contribuir en crear un hombre capaz de reemplazar a Dios como idea, energía o espíritu superior de la creación? ¿Tantos dioses como le sea posible? ¿Un hombre dueño de su propia creación? ¿Un hombre capaz de planificar su esencia hedónica, marginando afecto o sentimientos en general? Con razón el filósofo Víctor Massuh pregona: “La religión del hedonismo impera sobre la de las lágrimas” (“Agonías de la razón”, 22, 1994).

Pero, volvamos la mirada a los tiempos pasados identificados en o con los recuerdos y los tiempos actuales en la experiencia o expresión del niño, en ambas circunstancias, cuando convivimos con la felicidad entendida como sujeto: madre y/o padre; sin embargo, nos asfixiaba y asfixia la soledad sin consciencia rebasada por el oportuno beso de la madre, el abrazo a tiempo o “destiempo”, o bien, cualquier bella expresión que nos levantara y levanta el ánimo, más allá del conocer o ignorar el significado del término que nos ocupa.

Pero, así como asfixia la soledad en precisas circunstancias, intoxica la distancia sin olvidos, sin los extravíos necesarios, digamos, corrompe al igual que la mentira, el desacato, la intolerancia, la furia desmedida y la adolescencia nos hace irreverentes casi absolutos, y nos revolcamos llenos de rebeldía sobre cualquier mínima expresión o eventual  manifestación de felicidad como si fuésemos perros sobre el cadáver de una supuesta presa, para intentar continuar el camino que nos hemos trazado, no el “impuesto”.

El arribo a la madurez, si es que maduramos, convertidos en trotamundos nos desplazamos en busca de una supuesta felicidad, guiados solo por la apariencia de su forma, cuando desconocemos su contenido o esencia, desechando sus fuentes, ignorando la vida misma de la que formamos parte, la que te ha brindado el tiempo suficiente para el hallazgo necesario y el disfrute correspondiente, corriendo el riesgo de perderlo todo y continuar existiendo como entes vulnerables.

Puedes  cubrir tus ojos con gruesa tela para no verla pero, ella, la felicidad, permanecerá cerca de ti, donde pudiera haber estado siempre y además de no verla, no seremos capaces de tocarla, olerla o sentir como se erizan los vellos a lo largo de nuestra piel con su roce advirtiendo su presencia.

Finalmente, el arribo de muchos a los tiempos del reposo, otros, controlando tiempos entre quejas y reclamos, algunos, conmovidos con los acontecimientos cotidianos, en fin, cada quien en lo suyo, para “descubrir” que la felicidad ha estado presente en la armonía del tiempo de las edades, la pequeña flor contemplada en los caminos, la sonrisa del niño como tu propia risa, la carta  de amistad recibida, las palabras que ocultan milagros y sorpresas que hacen latir con fuerza tu corazón, el trinar de pájaros a cualquier hora del día, la danza de las horas mientras desaparecen minutos y segundos, el aire que inhalas con libertad y la lluvia mensajera de verdores y por qué no, cualquier bello recuerdo asociado a tu existencia.

Definitivamente, la felicidad es el instante en el cual satisfaces una determinada necesidad, es  el vaso de agua que calma tu sed, tan sencillo como esto. ¡Y cuánto cuesta encontrarla!

        RSY.

        

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