lunes, 28 de diciembre de 2015

LA NAVIDAD





UN VIEJO RECUERDO NAVIDEÑO Y UN
PENSAMIENTO RENOVADO
Ramón Santaella

Como siempre, Ramón nos entrega un nuevo y hermoso mensaje.
Su viejo recuerdo no hace sino renovar esos pequeños y
grandes deberes, que la sociedad actual y el individuo que
vive en ella, parecen haber exiliado de su tiempo y  su existir.

La familia en su mayor parte se ha desintegrado, 
y con ella hemos extraviado sentimientos y valores
que nada tenían que ver con haberes monetarios, sino
con un código de deberes que debía cumplirse
sin excepción alguna.

De allí que en esta necesaria memoria de Ramón sobre
su niñez y sus padres, cinco galletas y una locha
cobran un valor incalculable, que ojalá podamos
alguna vez recuperar


La Navidad es fecha milagrosa: los miembros de cada familia parecen buscar la manera de reencontrarse de manera automática o al menos como por arte de magia, es el momento de los recuerdos gratos, evocación de edades pretéritas y la inolvidable niñez como chica en concurso de belleza realiza  pasarela asumiendo todos los sentidos direccionales de nuestra memoria;  disgustos y pesares suelen dispersarse como fuegos pirotécnicos, mientras  arriban al instante del “borrón y cuenta nueva”.

En cierta ocasión, un 24 de diciembre, allá por el año 1942, un niño de 7 años, junto a 3 o 4 de lo que en el futuro completarían nueve hermanos de una familia grande como solía describirse entonces. Ese niño escribía como cada uno de aquellos hermanos, la carta al Niño Dios, haciéndole pedidos de todo cuanto le era necesario entonces: juguetes, ropa, zapatos, dinero para adquirir chucherías en cualquiera de las bodegas del barrio. Por lo visto, los niños en Navidad no piden salud ni amor cuando cerca de ellos está la madre y el padre; con ellos, lo tienen casi todo y por ello piden cuanto les sea necesario para completar la felicidad, aunque se desconozca su significado.
        
Mamá orientaba la escritura de cada hijo y nos estimulaba para incorporar en una larga lista individual, todo aquello que se nos ocurriera imaginar, no sin antes, haber saludado al Niño Jesús y haberle entregado cuentas de nuestro comportamiento o conducta: Haber respetado a padre y madre; haber realizado los mandados con obediencia, sin protestas de ningún tipo; No hacer uso de la mentira, no pelearnos con los compañeros y hermanos, haber sido honestos, responsables de las cosas encomendadas y haber sido respetuoso con los mayores; la falta de cualquiera de esos “mandamientos”, implicaba no recibir regalo alguno de parte del Niño Dios.

Diríamos que aquel niño y sus hermanos tardaban unas dos horas escribiendo, borrando y repasando la escritura de aquellas cartas dirigidas al Niño Jesús, supervisadas por mamá que finalmente, daba el visto bueno.

Terminadas de escribir las demandas, eran colocadas en uno de los zapatos de cada respectivo hermano para que el Niño supiera de quién era la misiva. El varón del grupo, el de 7 años, lavaba previamente sus alpargatas con suela de goma para que fuese detectada por el Niño porque sucias “no” las vería; no importaba andar descalzo el resto del día, siempre y cuando su carta fuese leída y complacidas sus peticiones; aunque, a decir verdad, aquellos escritos, más que cartas, eran documentos de peticiones, cuyo contenido era imposible cumplir o cargar por cien o más niños dioses; pero, en ellas, cabían muchas cosas y en dos horas, era mucho cuando podíamos incorporar.

Por costumbre, debíamos ir a la cama antes de las 9pm, pero era tanta el ansia de recibir aquellos pedidos, que íbamos temprano a dormir y apenas aclaraba la aurora, saltábamos de la cama para dirigirnos a la sala donde aguardaban los calzados con nuestras peticiones.

Veinte o más deseos quedaban convertidos en un pequeño paquete de 5 galletas de soda y una locha. Las lágrimas, imposible detenerlas, no había culpable ni culpábamos a nadie; amábamos al Niño Dios y con el tiempo, aprendimos amarlos más, pero las lágrimas son libres de escapar y escaparon en aquel instante.

El niño de 7 años quiso acercarse al cuarto de sus padres para reclamar aquel trato recibido de quien se adoraba; ellos, abrazados, aún dormían; el niño contempló aquella escena por momentos y optó por retirarse, dando pequeños mordiscos a una de sus galletas; no supo concienciar aquel niño, el instante del mejor regalo que podía brindarle la Navidad y el Niño Dios, la unión de sus padres y la protección permanente de ellos.

Hoy, 24 de diciembre de 2015, el anciano recuerda con amor aquella escena y si volviese a ser niño, jamás cambiaría el mejor de los juguetes por aquella vivencia familiar: padre,  madre y hermanos, juntos en las buenas y las malas, el mejor de los regalos de la vida para el niño, el hombre y la sociedad en general.

Feliz Navidad y un venturoso año 2016, con mucha salud, la más bella de las riquezas que hombre alguno pueda desear.  

Ramón Santaella
24 de diciembre 2015


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